Él llevaba cuatro días desaparecido. Ella esperaba lo peor. Él nunca había sido de esos que se va sin decir nada, ni siquiera un rato, ahora mucho menos tanto tiempo. Las cosas no estaban bien con él y eso era lo que más le preocupaba. A veces cuando Martina, la menor, le preguntaba a dónde había ido papá, ella inventaba cualquier excusa, la última vez dijo que su abuelita lo había necesito y por eso se había marchado. Ya había hecho lo que a cualquier persona se le hubiera ocurrido, había llamado a toda la familia que le conocía, había llamado a todos sus amigos, incluso había llamado a la tal Grecia, la secretaría esa que le coqueteaba descaradamente. Pero nada. Nadie sabía de su paradero. La familia de él aún no estaba tan preocupada como ella y eso le resultaba sospechoso. Algo le debían estar escondiendo. De repente, el cuarto día perdió la cabeza. Comenzó a buscar por toda la casa alguna pista que le dijera dónde estaba su marido. Martina comenzó a llorar nerviosamente al ver a su madre recorrer todo el apartamento abriendo cuanto cajón encontrara, sacando toda la ropa, limpiando todos los rincones. Se calló solamente del miedo cuando vio a su madre sentada en el borde de la cama con una caja de un DVD en las manos y una etiqueta:
“Reproduce esto”.
Lanzó un grito desesperado y parecía arrancarse los pelos de la cabeza mientra se sacudía como una posesa de arriba hacia abajo contra el colchón de la cama. Martín, el mayor, atinó a llamar a su abuela materna y decirle que su mamá estaba muy rara. “Es la edad, mijo”, le respondió la señora, su mamá siente que está envejeciendo. “Abuel...”, tuuuuuuuu, lo único que quedó fue ese tono de colgado. Martín soltó el teléfono y fue al cuarto, tomó a Martina y se la llevó a su habitación. Ella mientras tanto estaba tirada en el piso, rasguñando el suelo, ya había perdido la mitad de las uñas de sus dedos anular y corazón derecho cuando Martín entró, se sentó a su lado y la abrazó. No entendía bien qué estaba pasando, pero era claro que su madre estaba triste y a la gente triste hay que abrazarla. Ella recibió ese caluroso abrazo, primero con mucho agradecimiento, pero rápidamente se sintió empalagada y se hizo hacia atrás de una manera muy brusca considerando que Martín era su hijo.
Sentía pues que el mundo se destruía a sus pies y no había barandal alguno de qué agarrarse. Por un momento sus hijos, por supuesto los de él también, se desfiguraban ante sus ojos y se convertían en recordatorios bípedos de su rostro, de la carga que tendría que soportar por tanto tiempo sola. Él se había ido, el grandísimo hijo de las mil putas lo había hecho por fin. A ella no le importaba si se había tomado un tarro de pastas, si se había ahorcado en el parque de la vuelta, si se cortó las venas o si se voló las sienes. Ahí estaba el DVD con quien sabe qué mensaje patético y lamentable, quién sabe cuantas excusas daría, que lecciones tempranas a sus hijos, de sólo pensar que se atreviera a decir algo como: “guarda esto para cuando estén grandes”, de sólo pensarlo se le inyectaban en sangre los ojos.
Pasaron dos días. Nadie la visitó. Martín se encargaba de que Martina comiera, porque ella ni en la propia comida pesaba. Ninguna de las abuelas fue. Como si no hubiera pasado nada. Dos días quietos y silenciosos. Hasta que no soportó más. Fue por los niños. “Esto es mejor que lo hagamos de una vez”, dictó de manera fuerte. Los sentó en la sala, prendió el televisor y la unidad reproductora, abrió la bandeja y puso el DVD. Se quedó mirando la pared unos cinco minutos antes de tomar las fuerzas de darle “Play” al aparato. Lo hizo. Al otro lado del televisor aparecía él sonriendo:
“Mi vida. He pedido una licencia de vacaciones a la empresa. Una semana para ti y para mi. Ojalá veas esto pronto y te vengas con los niños a la casa de campo. ¡Feliz cumpleaños!”
No me gustó, David, hay elementos un poco inverosímiles, como la pasividad de la familia y que no le digan nada a la señora, que los hijos no se preocupen y que el man no llame al ver que ella no llega.
ResponderEliminarTambién hay un par de errores ortográficos, seguramente por el afán.