Santiago Coronado gimió y recuperó el aliento, cuando logró enfocar la mirada vio la penumbra justo después del cuadro de luz que lo rodeaba, las sombras serpenteaban y rugían, moviéndose espasmódicas, como intentando entrar y devorarlo. Algo más allá del timbre de sus oídos y su propia respiración le dijo que aún estaba de rodillas en medio de las luces reflectivas, el sabor metálico en su boca y el ardor en el único ojo que podía mantener abierto le dijeron lo demás. Había caído y una larguirucha figura que no lograba reconocer le gritaba números al azar.
¡2!
Más allá del rugido de las bestias, el timbre de sus oídos y los gritos del árbitro, Santiago escucho al profe Goche que le suplicaba que se pusiera de pie con esa voz llena de años que lograba tranquilizarlo aún en medio de las tormentas de la isla, cuando corría a esconderse bajo su cama.
¡3!
Santiago apoyó un pie en el suelo y puso el peso de su cuerpo cansado sobre el muslo, abrió el guante y se aferró a la cuerda más alta del ring, las gotas de sangre caían de su rostro mezcladas con sudor y formaban un paisaje a sus pies que él reconocía, eran las playas del malecón, al lado de la casa del profe, donde solía correr cada mañana después de buscar el pescado en el mercado para su abuela.
¡4!
Los guantes le impedían aferrarse con fuerza y las piernas le temblaban como a la abuela cuando caminaba hasta el portón a ver el sol caerse en el mar, Santiago miró más allá del árbitro que le gritaba palabras llenas de urgencia y dio por fin con quien estaba buscando.
¡5!
Lo primero que vio fue la sonrisa burlona que adornaba esa boca llena de sangre, no lograba recordar cómo se llamaba, aunque se lo habían dicho mil veces. Sabía que era uno de esos nombres que tienen muchas ges y muchas kas y que se suponía que debía reconocerlo pues era el campeón mundial, pero en este momento Santiago solo pensaba que tenía que lograr que sus rodillas dejaran de temblarle para que el árbitro no parara la pelea.
¡6!
El juez tomo sus guantes y le dijo algo que no logró entender, después empujó sus manos hacía abajo y se dirigió al centro, a su espalda el profe Goche le insistía que mantuviera la guardia alta y esperara hasta que viera un chance, Santiago sabía todo eso, pero llevaba 5 rounds buscando un chance pero el hijueputa gringo no le había dado ninguno.
La campana sonó y la multitud gritó a su alrededor, él nunca había estado en un sitio tan grande ni había visto a tanta gente junta en su vida, pero el profe le había dicho que ese era un coliseo pequeño, que cuando era joven, él había conocido uno en el que no se podían ver las paredes desde el ring, solo miles y miles de caras mirándolo, esperando la sangre para gritar, como un mar lleno de tiburones que buscan presa.
Santiago giro y trató de ver a los tiburones más allá de la penumbra, por todas partes brillaban chispas como luciérnagas azules que nacían y morían en un segundo, pero los que las manejaban y los otros miles que pedían su sangre estaban lejos, más allá de lo que su único ojo abierto podía distinguir.
El grito del profe lo devolvió al ring justo a tiempo para ver al gringo frente suyo con el puño levantado, los reflejos de niño pobre, de pescador, de cazador y de boxeador se alzaron todos al mismo tiempo y le empujaron la cabeza hacía un lado justo a tiempo para ver pasar el guante nuevo de color azul e hilos dorados que llevaba el campeón en su mano derecha, en ese momento sintió la voz del profe, su abuelo, el campeón mundial de hace 50 años, el viejo que guardaba su cinturón debajo de una baldosa del gimnasio y que le había remendado esos guantes viejos que llevaba más de mil veces, la sintió tan clara como la llegada de la marea alta y como el llamado de los gurres en la selva cuando saben que los van a matar. La frase fue un impulso eléctrico, una orden, una plegaria y una certeza:
¡Es tu chance, Santiago!
Me gustó, lográs transmitir la emotividad de la escena.
ResponderEliminarLo único es que "apolló" es con "y".