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miércoles, 9 de mayo de 2012

Flaca


¿Qué te pasa por la cabeza?
Los gritos eran como puñetazos, recuerdo estar muy asustada, su voz  se distorsionaba y su cara se deformaba, los ojos eran inmensos, grandes platos rojos y sus dientes blancos eran colmillos que se doblaban hacia fuera para alcanzarme.

¡¡Sos una imbécil!!

y sus  puños cerrados se convirtieron en piedras con espinas sujetadas a grandes ramas llenas de insectos, sus piernas fluyeron transformadas en látigos que hacían zumbar el aire, el cuarto se acababa y mis uñas se partían arañando el concreto del suelo.

¡¡Perra!!

¡¡ Todo es tu culpa!!

En la penumbra del cuarto en el que me encontraba cada golpe hacía centellar mis ojos, tiñendo todo de un tono rojizo que  ocultaba el próximo golpe y la próxima centellada de luz y dolor.
El sabor metálico en la boca y las gruesas gotas que sentía caer por mi nariz forzaban  mi respiración,  escupía constantemente tratando de no ahogarme, él lo sabía, sabía que estaba a punto de matarme, como a un animal, en un rincón del cuarto de invitados.
Me enrolle en mí misma, sujetando las rodillas sobre mi pecho con el brazo que aún respondía, esperando la siguiente patada, pensando que tal esa fuera la que terminara todo, por fin, entonces lo sentí acercarse jadeando,  cansado y sollozando, tomarme el pelo suavemente y susurrarme que me amaba.

-Flaca, vos sabés que no es mi culpa, vos sabés qué tenés que hacer, esto es un quilombo de mil perras y solo nos tenemos el uno al otro, no llorés mi flaca que yo no te quería pegar tan duro, mirame flaca, no cerrés los ojitos, vení, parate…¡pero no llorés! ¡¡es que vos hacés escándalo por todo ché!! Preparame un mate Flaquita, dale, mirá que estoy cansado, dale, caminá  ché, dale, haceme un puto mate, ¡andá!

Los huesos me suenan con cada paso, creo que gimo, pero mis odios están tapados, me siento dormida un poco, solo un poco. La luz de la cocina me llama en medio de la oscuridad, soy como una polilla que camina sin sentir dolor ni emoción, alcanzo a recordar la cabaña en la pampa a la que íbamos cada abril antes de que él perdiera el trabajo y yo perdiera al niño.

-No te quedés callada Flaca, contame algo que estoy la mar de aburrido y vos no me hablas, ¿ya pusiste el mate?

Siento como mis lágrimas se mezclan con la sangre que todavía me sale de la boca en el agua que hierve en la estufa, cada gota tiñe un poco más la mezcla, el agua a punto de hervir la zarandea un poco antes de diluirla y alcanzo a envidiar a esa pequeña gota de sangre y lágrima que se puede perder para siempre y olvidarse que existió.

Lo siento levantarse, lo siento caminar y mis piernas me empiezan a temblar, un paso y el agua hierve rojiza sobre la hornilla, otro paso y la cuchara de palo se me cae al suelo, otro paso y estoy a punto de arrodillarme en un rincón, trato de mover los dedos y es una tortura, no sé cómo llegó el puñal a mi mano, pero lo apretó tan fuerte que siento el mango de madera chillar un poco. Él pasa sin verme me levanto para alcanzar la puerta pero creo que un gemido me delata porque lo siento tensarse, veo todo rojo de nuevo y me lanzo contra él.

-Ché, no te había dicho, encontré un par de fotos en el placard del cuarto de invitados, te acordás de la finca de la pampa a la que íbamos cada abril…

-Flaca…no…me claves...por la espalda...tan profundo ya no duele…no me hace mal.

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