¿Qué te pasa por la
cabeza?
Los gritos eran como puñetazos, recuerdo estar muy asustada, su voz se distorsionaba y su cara se deformaba, los
ojos eran inmensos, grandes platos rojos y sus dientes blancos eran colmillos
que se doblaban hacia fuera para alcanzarme.
¡¡Sos una imbécil!!
y sus puños cerrados se
convirtieron en piedras con espinas sujetadas a grandes ramas llenas de
insectos, sus piernas fluyeron transformadas en látigos que hacían zumbar el
aire, el cuarto se acababa y mis uñas se partían arañando el concreto del
suelo.
¡¡Perra!!
¡¡ Todo es tu culpa!!
En la penumbra del cuarto en el que me encontraba cada golpe
hacía centellar mis ojos, tiñendo todo de un tono rojizo que ocultaba el próximo golpe y la próxima
centellada de luz y dolor.
El sabor metálico en la boca y las gruesas gotas que sentía
caer por mi nariz forzaban mi
respiración, escupía constantemente
tratando de no ahogarme, él lo sabía, sabía que estaba a punto de matarme, como
a un animal, en un rincón del cuarto de invitados.
Me enrolle en mí misma, sujetando las rodillas sobre mi
pecho con el brazo que aún respondía, esperando la siguiente patada, pensando
que tal esa fuera la que terminara todo, por fin, entonces lo sentí acercarse
jadeando, cansado y sollozando, tomarme
el pelo suavemente y susurrarme que me amaba.
-Flaca, vos sabés que
no es mi culpa, vos sabés qué tenés que hacer, esto es un quilombo de mil
perras y solo nos tenemos el uno al otro, no llorés mi flaca que yo no te quería
pegar tan duro, mirame flaca, no cerrés los ojitos, vení, parate…¡pero no
llorés! ¡¡es que vos hacés escándalo por todo ché!! Preparame un mate Flaquita,
dale, mirá que estoy cansado, dale, caminá ché, dale, haceme un puto mate, ¡andá!
Los huesos me suenan con cada paso, creo que gimo, pero mis
odios están tapados, me siento dormida un poco, solo un poco. La luz de la
cocina me llama en medio de la oscuridad, soy como una polilla que camina sin
sentir dolor ni emoción, alcanzo a recordar la cabaña en la pampa a la que
íbamos cada abril antes de que él perdiera el trabajo y yo perdiera al niño.
-No te quedés callada
Flaca, contame algo que estoy la mar de aburrido y vos no me hablas, ¿ya
pusiste el mate?
Siento como mis lágrimas se mezclan con la sangre que
todavía me sale de la boca en el agua que hierve en la estufa, cada gota tiñe
un poco más la mezcla, el agua a punto de hervir la zarandea un poco antes de
diluirla y alcanzo a envidiar a esa pequeña gota de sangre y lágrima que se
puede perder para siempre y olvidarse que existió.
Lo siento levantarse, lo siento caminar y mis piernas me
empiezan a temblar, un paso y el agua hierve rojiza sobre la hornilla, otro
paso y la cuchara de palo se me cae al suelo, otro paso y estoy a punto de
arrodillarme en un rincón, trato de mover los dedos y es una tortura, no sé
cómo llegó el puñal a mi mano, pero lo apretó tan fuerte que siento el mango de
madera chillar un poco. Él pasa sin verme me levanto para alcanzar la puerta
pero creo que un gemido me delata porque lo siento tensarse, veo todo rojo de
nuevo y me lanzo contra él.
-Ché, no te había
dicho, encontré un par de fotos en el placard del cuarto de invitados, te
acordás de la finca de la pampa a la que íbamos cada abril…
-Flaca…no…me claves...por la espalda...tan
profundo ya no duele…no me hace mal.
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