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miércoles, 16 de noviembre de 2011

Lágrimas de barro

El primero fue Ricardo, siempre el más decidido. Tomó la pequeña pastilla del centro de la mesa donde descansaba en un plato dorado y rápidamente la puso en su boca, después tomó un largo trago de aguardiente con los ojos apretados. Todos los demás mirábamos entre expectantes y nerviosos, él puso la botella de nuevo en el centro de la mesa con un golpe y se recostó pesadamente sobre el mueble.

Marco fue el siguiente, lentamente extendió la mano y buscó con los dedos entre el montón la que él consideraba era la más pequeña, la acercó y la puso en su boca con cuidado, casi como recibiendo una hostia, entonces tomó un vaso de agua con ambas manos y lo bebió todo con angustia, en tragos largos y sonoros que por un instante lograron callar la música que sonaba desde un computador portátil.

John y Luis se conocían desde hacía más tiempo, ambos extendieron la mano y tomaron las pastillas con sonrisas llena de miedo, cuando trataron de tomar la botella de aguardiente al mismo tiempo, rieron rompiendo la tensión que pesaba sobre la habitación como un edificio.

Yo fui el último, siempre el más cobarde. Esperaba de alguna forma poder salvarme de todo el asunto demorando mi turno hasta que en los demás hubiera surtido efecto y no notaran mi arrepentimiento. Pero ¿cómo hacerlo? Esta había sido mi idea, yo reuní el dinero, yo preparé la mesa, compré el alcohol, serví el agua, puse las pepas en un plato dorado que pretendía tener algún significado, y si no había sido yo quien las compró, fue únicamente porque no tenía idea dónde hacerlo, Ricardo las había conseguido con un amigo suyo a quien yo solo conocía como El Topo .

El pequeño rombo se movía en mi mano, me tomó un momento darme cuenta que era porque todo mi brazo temblaba incontrolablemente. En esos segundos mientras la acercaba a mi boca y apretaba con fuerza la botella de aguardiente con la otra mano, por mi cabeza pasaron miles de escenarios, algunos llenos de humor y otros llenos de miedo

La pastilla era ácida y el aguardiente no ayudó a mejorar su sabor, tome tragos largos esperando de alguna forma mágica evitar cualquier mal augurio, hasta que mi garganta ardió y pude sentir el líquido pesado y caliente en la boca del estómago, tuve que forzarme a abrir los ojos después de un minuto y forzarme aun más a dejar de mirar el techo.

Por un segundo traté en vano de enfocar la mirada pero mis ojos habían escogido ese momento para dejar de funcionar, así que por un momento no supe lo que sucedía, los sonidos que llegaban a mis oídos eran extraños y apagados y las siluetas de mis amigos eran como interferencia en un canal de T.V

Sentía los brazos pesados, en lo que me pareció una eternidad me quité las gafas y con los dedos masajeé mis ojos. Al abrirlos de nuevo sentí un salto en el pecho...

Ricardo se retorcía en el suelo, en medio de un charco de orines y saliva, sus dedos sangraban un poco pues se había roto las uñas tratando de arañar el piso por dolor o desesperación, los demás lo miraban asombrados, con los ojos húmedos pues sabían como yo lo que nos esperaba a todos.

John empezó a meterse los dedos a la boca desesperado mientras Marcos caía de rodillas y le rezaba entre sollozos a un dios que hasta ese día se había ufanado de despreciar. Luis se me acercó desesperado gritando algo que yo no entendía mientras el ardor en mi estómago crecía y se expandía por todo mi cuerpo, cuando llegó a mi cara sentí como derritió mis párpados que cayeron en pesadas lágrimas de barro y vi como los colores empezaron a cambiar. Ricardo dejó de moverse justo cuando la sala se convertía en una melodía de pánico azul celeste. Algo me sujetaba por los brazos y movía mi cuerpo violentamente, una mancha negra con vetas rojas y amarillas me gritaba desesperada con la voz de Luis mientras el sonido que era Ricardo se quedaba mudo para siempre, expandiéndose y diluyéndose entre todo lo demás.

Mi propio cuerpo iba perdiendo los límites, mezclándose con los gritos de Luis y el sabor salado de las lágrimas de Marcos, en mi centro ardía un bosque de Eucaliptos que olían a orina y a sudor.

Yo, que ahora era una columna de humo, me elevaba hasta un cielo arcoiris al ritmo de un tambor en plena carrera que retumbaba en mis oídos como el azul entre la vainilla.

Cuando desperté tenía una bata verde claro y miraba el techo en un cuarto que no reconocía, las luces de neón hacían un sonido constante que no me dejaba pensar, en algún momento, noté que mi respiración era cortada por sollozos y en mi garganta se atoraba el sabor salado de la saliva, mientras por mi rostro rodaban lágrimas de barro que me hacían arder los ojos.

5 comentarios:

  1. La descripción de un viaje de ácidos y la sinestesia que conlleva. ¿una invitación, acaso?

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  2. a la muerte...¡¡ chan chan chaaaaannnn!!!

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  3. Me pareció un excelente viaje. La descripción que haces de la ingesta de ácidos fue muy descriptiva e interesante.

    Siento que el párrafo final sobra. Pudiste haberlo terminado con su última percepción antes de quedar inconsciente y habría estado muy bien.

    Te recomiendo que revises los usos de verbos en pasado, tienes varios tomó y tomé sin la tilde.

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  4. listo marito, ya hice las correcciones que mencionás

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  5. Otro error que debe deberse a la rapidez o a no darle más lecturas al texto, al principio hablas de "Marco" y luego de "Marcos". Me gustó, pero no repetiría la figura de las "lágrimas de barro" que la usas dos veces. Btw, no acepto la invitación ;)

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