Siento que la fiebre vuele a subirme por las venas y mi respiración es más difícil cada vez. Estos últimos días han sido espantosos, el dolor y los insectos que ya empiezan a anidar en mis heridas hacen del sueño una empresa imposible, entre las alucinaciones y las pesadillas que pululan mis instantes de descanso, la única constante es la imagen suya, es por eso mi señora, que me tomo el atrevimiento de escribirle esta carta esperando que la encuentre donde quiera que usted esté y me permita con ello descansar en paz, finalmente.
Le confieso que su mirada me perturba desde que era un crío, y usted me cuidaba en los paseos que hacía al río cada tarde de verano. Desde muy joven noté su extraño caminar y la maravillosa agilidad que demostraba aun en las tareas más sencillas, siempre fue asombroso verla correr tras las aves en las praderas de la hacienda del abuelo, perderse tras los bosques y volver con un ave en cada mano, aún hoy en día, escribiendo estas líneas pienso que todo pudo ser un sueño de juventud.
Lamentablemente mi tiempo es corto pues siento a la vieja parca asechándome cada vez con más premura, por eso me tomaré el atrevimiento de confesarle algo que nunca pensé siquiera mencionar en público pero que no me quiero llevarme cuando finalmente la recolectora aparezca a la cabecera de mi cama:
Una noche, cuando tenía 15 años y ya estaba prometido con la que después se convirtiera en mi esposa, me escapé del cuarto a través de la ventana para buscarle a usted, estaba decidido a confesarle que desde que me empecé a convertir en hombre, cada noche le perteneció a usted, que deliraba con sus límpidas manos y sus hombros descubiertos cuando lavaba la ropa, que la espiaba constantemente buscando la oportunidad de conocer el resto de su cuerpo y que cuando mi mirada se encontraba con la suya sentía que todo mi ser se tensaba y vibraba incontrolado.
La encontré cerca del valle del río, ausente, mirando el lejano horizonte con lo que sentí podía ser nostalgia y al tratar de avanzar, descubrí con horror que mi cuerpo no me respondía, me había petrificado al borde del claro, amparado por la sombra del gran abeto que era más viejo que la vida misma, así que sin más remedio me quedé ahí, observándola y haciéndola mía con la mente, le confieso que soñé con usted ahí parado, soñé que le confesaba mi amor y partíamos juntos río abajo hasta un lugar donde yo trabajaría todos los días y llegaría a casa y la vería ahí, esperándome.
Desperté de mi ensueño muchas horas después, cuando ya la luna estaba alta en el firmamento y las luces de la hacienda iluminaban levemente el paisaje alrededor, volví a mi cama y seguí soñando con usted, como lo hago cada día hasta hoy.
Es por eso que al enterarme de su muerte un par de años después, entré en pánico. Mi vida se volvió un infierno y cada día se convirtió en un tormento. Finalmente, la locura, el pesar, la vergüenza y el deseo pudieron más que mi razón y una noche en la que desperté sudando y gritando decidí hacer lo impensable: profanaría la más sagrada creación del altísimo y bajaría a los infiernos mismos de ser necesario si eso me traía de vuelta su mirada. Vendería mi alma al diablo como lo había hecho mi abuelo.
Siento los delgados dedos de la muerte recorriéndome el cuerpo mi señora, usted sabe cómo termina todo, mi confesión está hecha para usted que todo lo sabe pues se lo conté en esas largas noches que pasamos juntos en el laboratorio que improvisé en la vieja cueva de la montaña, usted sabe como probé cada método descrito en el diario de mi abuelo y como cada uno falló rompiéndome el corazón en mil pedazos, también sabe como desesperado por la descomposición que presentaba su cuerpo empecé a reemplazarle partes con miembros de las mujeres que capturaba en las cercanías, ahhhh mi señora el sacrificio fue mucho pero cuando finalmente abrió los ojos, era usted la que me miraba, a pesar que esa no fuese su cara, que esas no fuesen sus manos, o que la voz con la que fritaba no fuera la suya. Por eso cuando corrió hacia mí, abrí los brazos, sentir su toque era todo lo que necesitaba y sabía que usted quería lo mismo, sus gritos eran música de ángeles en mis oídos y el sonido de mi carne desgarrándose y mis huesos rompiéndose eran el sonar de las campanas que abren las puertas del cielo.
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Cuando publicaste este cuento te dije que me había parecido bien, pues había reconocido algo de los orígenes del horror en la literatura. Acabo de leer Frankenstein y entiendo el porqué: está inspirado en ese libro.
ResponderEliminarPero es como una secuela entretenida de una gran película, espero que podás (podamos) superar el límite de cumplir con el blog para construir historias con más sustancia.