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miércoles, 25 de abril de 2012

héroes cotidianos


El sitio era perfecto para una emboscada: las altas paredes creaban estrechos corredores que incrementaban la ansiedad en cada uno de nosotros y los sonidos se amplificaban en la atmósfera encerrada, John caminaba al frente, tratando de pisar con cuidado y midiendo cada movimiento, agazapado tras él estaba Melissa, que no paraba de mascullar palabras en voz baja para mantener el control, justo detrás iba Marcos, que cargaba una pesada maleta llena de implementos que se había robado y esperaba vender,  finalmente, cerrando el grupo íbamos maría y yo, ella apretaba mi mano nerviosa y yo no paraba de sudar bajo el peso de nuestros bolsos, había sido un día lleno de preocupaciones y tensión por lo que este trayecto me resultaba especialmente difícil.
Delante de nosotros se extendía una configuración laberíntica de esas que todos odiábamos tanto, tendríamos que internarnos y una vez más sortearla rezando para que no nos descubrieran. A veces sentía que estábamos peleando una batalla perdida y que así pudiéramos escapar hoy, tal vez no podríamos hacerlo la próxima vez, pero la promesa de un para de días junto a María sin preocuparnos por nada de esto, era suficiente para impulsarme, creo que a los demás les pasaba lo mismo, yo sabía que la familia de John lo esperaba en algún lugar del sur, que el hijo de Meliza debería estar por cumplir 12 años y que Marcos estaba a punto de casarse, todos teníamos algo por que seguir en esta lucha sin fin, siempre escapando.
De pronto algo se movió a nuestra derecha en una zona donde las sombras no nos dejaban ver nada, recuerdo que María apretó mi mano con fuerza mientras yo me interponía entre ella y lo que fuera que se movía en la penumbra, un segundo movimiento hizo que John apretara el paso del grupo y nos dejara rezagados, alcancé a enviarle una mirada de odio profundo antes de sentir a María ahogar un grito y apretar mi mano más fuerte, me voltee a tiempo para sentir como algo saltaba hacia nosotros.
-los vi pasar y tenía que unirme-
-¡MALDITA SEA VICENTE, CASI ME MATAS DE UN SUSTO!
El anciano se apresuró a ponerse en línea mientras con la mirada nos empujaba  hacía delante, reanudamos el paso esperando que John no hubiera decidido abandonarnos en medio de este laberinto o que hubiera sucedido algo peor. 
Después de unos minutos logramos alcanzar a los demás mientras esperaban frente a una encrucijada, John no estaba seguro que el camino correcto y pude notar por primera vez  el peso de la responsabilidad en su rostro, detrás suyo se estaba Meliza que perdía la paciencia a cada instante y finalmente Marcos, que fue el único de los tres que sonrió al vernos después de un instante de alegría y un abrazo inesperado de Marcos con Vicente, la tensión volvió a sentarse sobre nosotros como una bruma, Meliza no dejaba de mover ansiosa e impaciente las piernas y mirar casi compulsivamente su reloj, era cuestión de tiempo para que estallara y nos pusiera a todos en la línea de fuego.
John repasaba las direcciones como un mantra, “izquierda, izquierda, derecha recto dos espacios, izquierda de nuevo, derecha hasta el fondo, izquierda…” y volvía a empezar.
Al fin sucedió lo inevitable, Meliza se levantó olvidando todo lo que habíamos practicado y empezó a correr en dirección a la salida mientras apretaba su bolso con fuerza, todos sabíamos que era solo cuestión de tiempo para que la puerta se abriera y todo terminara sin embargo deseábamos con todo el corazón que lo consiguiera.
El sonido era familiar para todos, el metal gritaba mientras giraba sin suficiente lubricante,  la luz inundó los callejones y corredores llenándolo todo con ese brillo palido y mortecino de las lámparas de neón, Meliza giró la cabeza e intentó esconderse, pero ya era muy tarde.
Finalmente llegamos al final de un corredor particularmente largo y sin salidas laterales, era una ruta muy arriesgada, pero John la había elegido porque decía que nos llevaría más rápidamente a la salida, un par de metros antes de llegar a terreno abierto ya podíamos ver las señales que indicaban que podíamos escapar, todos aceleramos el paso olvidándonos simultáneamente de cualquier precaución, la ansiedad nos impulsaba a dar pasos cada vez más largos, a olvidar la angustia de todo el tiempo que pasamos encerrados, casi podíamos sentir el viento en nuestras caras.
De repente el sonido familias de las bisagras cediendo a la presión y el reflejo de las luces de neón que nos golpeaba de lleno arrebatándonos el color, john se congeló y pude ver el pánico en sus ojos cuando giró la cabeza para ver de dónde provenía en sonido.
-John…pensé que ya te habías ido, ven, quiero que aprovechemos el tiempo y adelantemos algunas cosas para el lunes, mira, encontré a Meliza hace un rato y también se ofreció a ayudarnos…
Sé que pude haber ayudado a John, creado una distracción en la sala de fotocopias, haciendo algún sonido en el dispensador de agua o simplemente encendiendo una luz en algún cubículo para desviar la mirada del jefe, pero John sabía como yo, que al final del viernes las amistades de oficina son  carne de cañón, él hubiera hecho lo mismo.

1 comentario:

  1. Le falta edición, Manuel (que dijiste que harías el miércoles en la noche), se notan varios errores.
    La historia y el concepto están chéveres, pero no me gusta el no poder ubicarme hasta el final, sé que es el propósito, pero creo que se puede ejecutar mejor. También creo que el título no cuadra.

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