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miércoles, 23 de noviembre de 2011

Trilogía de la nostalgia (II). De lo que no sucedió.

2. f. Tristeza melancólica originada por el recuerdo de una dicha perdida.


Él gusta de realizar ejercicios metafísicos.

Esos dos días pasaron volando. Habían dejado la ciudad atrás y estaban a las afueras en uno de esos lugares donde un buen sector de la fauna juvenil bogotana gastaba sus fines de semana escalando, haciendo ejercicio, drogándose, pescando, tirando y comiendo. La cabaña era apacible, una guía gringa de Lonely Planet era marca clara que no estaban solos y seguramente habían extranjeros con ellos. El cuarto, pequeño pero cómodo. El clima, un frío leve casi perfecto.

Él no podría asegurar si alguna vez vio a los otros habitantes o si en realidad estaban cómodos ahí. Recuerda que llevaron cosas para cocinar para no tener mucho en qué gastar. Salían a hacer caminatas y montar a caballo. Una de las cosas que más disfrutaba de hacer con ella, era comer. Comieron un pescado enorme esa vez. Al menos así lo recuerda él, el pescado más grande y sabroso que ha probado jamás. Pero no ahonda mucho en esos detalles porque todo ese recorrido por esos dos días tiene sólo un fin.

Ahora que él trata de dibujar los planos en ese pliego que acaba de extender, no sabe cómo comenzar. Tampoco sabe qué es lo más relevante. Él representa con una línea recta horizontal la sumatoria de todos los hechos del universo que han llevado a que su presente sea el que es. Luego, ubica un punto en el que un suceso, cualquiera sin importar su tamaño, hace una diferencia creando un punto de quiebre, una bifurcación. Un camino era el que había tomado el mundo que conocía y el otro camino el que habría tomado si aquel hecho hubiera sido distinto. Un mundo que no era el suyo, pero perfectamente posible. Y al verlo ahí representado por esa línea no le quedaba duda de que de alguna manera existía.

Así que había múltiples mundos posibles, millones de ellos. Unos tan cercanos al nuestro como aquel en el que la moneda lanzada por el árbitro del partido de fútbol que se juega al otro lado del mundo, cayó cruz y no cara. Pero otros tan lejanos como ese en el que un suceso geológico estocástico produjo que la división de Pangea fuera distinta. Sin embargo, él no podría tomar en cuenta cada ramificación posible. Esa maraña de árboles de posibilidad con su infinitud dendrítica sólo podrían existir y ser comprendidos por una mente divina y él, ¡qué más quisiera!, no la posee.

Así que podaba todo aquel bosque y se quedaba con la rama que más le interesaba. La rama de su mundo actual, aquella en la que ella no estaba. Y luego de dibujarla iniciaba el movimiento hacia atrás, haciendo un recorrido por cada decisión tomada, por cada cosa dicha, por cada silencio largo, por cada comentario suelto, por cada discusión. Helo allí, extendiendo planos y planos sobre los cuales dibuja líneas laberínticas en las que él mismo se extravía. Sin embargo, cuando él intenta recordar tiene problemas. No sabe bien cuál fue el punto exacto donde comenzó a transitar el camino del no-retorno. Cuándo tomó la senda que lo arrojaría al mundo posible en dónde no sucedió lo que en un momento pensaba que era lo único realmente importante.

¿Quizás fue el día que se conocieron? El par de llamadas, la salida nocturna, un plan que no salió, otro que salió de la nada, las copas al aire libre y dos horas después la tenía al frente. ¿Tal vez el último día que se vieron? El adiós rápido en el aeropuerto, la última comida en el restaurante aquella media hora antes que saliera el vuelo, el beso rápido de despedida. Los ojos aguados. Un te amo dicho al oído. ¿El “nos vemos pronto” que nunca se realizaría?

No cree que haya sido alguno de esos extremos. Por eso regresa a Suesca. La cerveza, el aguardiente, el desenfado, el no tener nada que perder. Cuando la rencilla de poderes aún no había comenzado. Cuando nada se daba por sentado. Al otro día se separarían otra vez, esa sensación que tan bien conocerán, el desgarro sumado al afán de hacer algo. Y ahí, en el campo, tan lejos de cualquier cosa, ella y él llegaron al acuerdo de ir detrás del otro. En cuarenta segundos planearon tres años. He ahí, dónde tiene que ubicarse el punto de quiebre. Sólo con pronunciarlo se abrieron las millones de posibilidades e inevitablemente al menos una sumatoria de ellas dio como resultado el mundo posible donde están juntos. He ahí el punto donde se configura la pérdida.

Lo lamentable, es que aunque él se esfuerce en hacer ese seguimiento y dibujar esos árboles de decisiones, bien podría resultar que el hecho decisivo no fuera ninguno de los que él puede considerar como tales. Bien pudo ser un hecho que acaeció lejos, tal vez que sólo impactó la cotidianidad de ella mucho tiempo después, quizás una conversación, una mirada, un trago con alguien. Lo endiabladamente complicado del asunto es que incluso cabe la posibilidad, de que el hecho cero haya ocurrido lejos, lejos de los dos. Un evento aleatorio o una decisión tomada por alguien hace mucho tiempo pudo haber desencadenado una serie de acontecimientos cuya última, o al menos más importante, ficha de dominó sea el objeto de su pesquisa.

¿Cómo entonces decirle qué suceso lamentar? Cómo extraer una lección provechosa de toda esa historia si no tiene claridad acerca de qué fue lo que salió mal. Y si no puede ni sacar una lección, ¿qué debe hacer? Así que se pregunta: ¿Es genuina la nostalgia de quien echa de menos lo que nunca tuvo y de quien siente como perdida una dicha que nunca llegó? Dándole un vistazo a los planos que ahora tapizan su mente tiene una respuesta que ofrecer. Tal dicha sí existe, él mismo la tiene entre los dedos en millones de mundos posibles. Así que la pérdida que él sufre, no es una pérdida temporal. No la tuvo y luego la perdió. Es una perdida metafísica, la tuvo en potencia pero no en acto.

3 comentarios:

  1. Excelente narración, como siempre, está tan bien hecho que me deja poco que decir. Solo que espero la tercera parte.

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  2. David, se te nota el tiempo que le invertiste, pero me pasó algo curioso cuando leía tu entrada, me tocó cerrar la ventana un momento y cuando retomé, no tenía ni idea dónde iba, los momentos en los que das eventos de referencia y te salís de las divagaciones son muy pocos,aunque de nuevo, leído de corrido es una experiencia chévere aunque siento que desperdiciaste el potencial de un par de momentos que podían haber sido muy emotivos

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  3. Gracias JC. Risoarisco, cuando lo estaba escribiendo también sentí lo mismo, que debí meter un poquito más de eventos de los personajes. ¿A qué par de momentos te referís? ¡Gracias!

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