La vela se encendió lentamente iluminando el rostro de la mujer con una parpadeante luz naranja. Ella aún sostenía el largo fósforo en cuyo extremo la llama, obstinada, se negaba a morir, a pesar de la ligera brisa que entraba por la única ventana del diminuto refugio y que la hacía bailar mientras la extinguía.
Las gotas se estrellaron contra la mesa de madera en la que apoyaba sus brazos estirados y que se tambaleaba bajo su peso. La vieja madera se quejaba con cada sollozo, absorbía las lágrimas y solo dejaba rastros de lo que habían sido. Las fibras expuestas por el tiempo y por la pérdida de la capa de pintura, cambiaban ligeramente de color al ser tocadas por tanta tristeza. Inmutable, la mesa también lloraba.
El viento empezó a silbar al pasar por la ventana entreabierta. Fuera de la pequeña estructura de madera, una tormenta se gestaba; tomando fuerza, recogiéndose en sí misma para después expandirse como un manto negro sobre la ya negra noche y derramarse sobre la costa. El fósforo finalmente se consumió en el cenicero donde descansaba, dejando morir la llama que había vivido en él por apenas unos segundos.
La llama de la vela se movía en contracciones que anunciaban su muerte, perdiendo intensidad y renovándola con el ánimo que le daba el mismo viento que amenazaba con extinguirla. La luz de los relámpagos iluminaba todo lo que había en la habitación por unos segundos con una luz blanca, que borraba la profundidad y lavaba las imperfecciones.
Su cuerpo estaba ahí, pero la mujer no, ella estaba muy lejos, en una playa muy distinta, disfrutando de sus hijos que corrían frente al mar, con un pequeño cachorro que jugaba entre sus piernas; sintiendo el brazo de su esposo en su espalda, las yemas de sus pulgares acariciándola justo bajo la nuca, ella estaba saboreando la piña y el alcohol del coctel que tenía a su lado, en una pequeña mesa plástica. Parecía que hubiera sido hace muchos años, que ni siquiera hubiera ocurrido, que fuera una alucinación provocada por el hambre y la deshidratación, casi lo creía, pero en su muñeca, aún tenía la manilla plástica de la entrada al hotel, muy sucia y arrugada, con las letras borradas por el sol, el agua, el lodo y el sudor.
La tormenta estalló como una explosión, sin anunciarse. El ruido de millones de gotas que caían sobre el techo de latas absorbía sus pensamientos, que amenazaban con quedarse para siempre en una pequeña playa soleada de otro mundo, en otro tiempo.
Los puños se cerraron con fuerza, la debilidad se convirtió en rabia, así como la impotencia se había convertido en llanto. El brazo golpeó la mesa cada vez más fuerza, aún silenciado por la tormenta, a pesar de que la vela en su candelabro, el portarretratos, la taza llena de café frío, el arma cubierta de lodo y el cuchillo que aún tenía sangre seca hasta la empuñadura, saltaban cada vez más alto, chocando entre ellos, cayendo al viejo suelo que ya tenía charcos de agua que se colaba desde el techo.
Cuando en la puerta se escucho un apagado quejido y el sonido de las botas entre el lodo, su rabia se apagó como la llama de la vela, que ahora yacía en el suelo, su alma se inundó como lo hacía de a pocos la vieja cabaña y las lagrimas desbordaron de nuevo sus ojos, la tristeza se convirtió en una tormenta que todo lo apagaba, que todo lo borraba, que solo dejaba el sonido de las gotas al chocar contra el techo, como fondo infinito de la existencia.
A través de la ventana vio la silueta familiar de su esposo, que con la cabeza gacha volvía a casa, atrás quedaron la playa, los niños, el perro, el coctel de piña en sus labios, las manos suaves de él que bajaron por su espalda, buscándola cuando sus hijos fueron a pasear en un bote alquilado. Se acercó a la puerta de la que ya lo escuchaba mover el viejo pomo para entrar, quitó el seguro y el asiento que la atrancaba y al abrirla lo vio definido por los primeros rayos de luz del nuevo día, sobre el hermoso paisaje de la costa que volvía a la vida. Notó que, igual que el cielo, se despejaban sus ojos y que las lágrimas habían desaparecido, levantó los brazos y sonrió por primera vez desde que todo empezó, recordando un gesto que creía olvidado para siempre. Él entró tambaleándose, el largo viaje de vuelta lo había cubierto en lodo, lo que tapaba las heridas que ella sabía, tenía en todo su cuerpo, sus ojos aún tenían ese color azul que la había enamorado cuando se conocieron hacía casi 10 años y a pesar de frío que lo inundaba, sintió sus manos suaves cuando la alcanzó. Cerró los ojos y lo abrazó, extrañando su respiración y extrañando sentir como su corazón se aceleraba cuando ella estaba junto a él.
Manuel, creo que ambientas bien las escenas, da cuenta suficiente para uno hacerse la idea donde están los personajes, con el relato podría imaginarme un corto. Me da la impresión de estar leyendo un fragmento, el final de este escrito no es conclusivo, y es para mi parte de una historia mas grande.
ResponderEliminarManuel en el tercer párrafo hay problemas de redacciòn.
ResponderEliminarSi bien haces unas muy buenas descripciones, tiendes a exagerarlas convirtiendo el texto en algo ladrilludo.
Al terminat el texto sentí que no se desarrolló ninguna idea que me permitiese formularuna trama. Esto no contribuye para la generación de expectativa para la siguiente partr.
Perdon es el septimo parrafo, con la situacion de la mesa
EliminarAl principio no me quedó claro, pero en una segunda leída ya lo capté.
ResponderEliminarCreo que te demorás mucho describiendo la escena (los 4 primeros párrafos y luego otros 2) dejando muy poco para conocer al personaje y simpatizar con ella.
La idea me gusta, pero le falta algo que le haga conectarse a uno con ella.
Y a diferencia de Mario y David, si me parece concluído.