En el año de Nuestro Señor, 1198, ya avanzado el Otoño, me encontraba huyendo de una banda de ladrones que había destrozado la choza que era mi casa, habían clamado la cabeza de mi padre, un humilde zapatero, de mi madre, cosedora para la archiduquesa, mis hermanos menores, y ahora venían por mi cabeza. Tuve la desgracia de internarme en el bosque, aquel al que llaman bosque prohibido, ya había estado innumerables vece en el, pero solo caminaba cortas distancias. A cada paso que daba les sentía respirándome en la nuca, y seguí corriendo hasta que la oscuridad de la noche me lo permitió.
En cuanto pude, tan pronto estaba seguro de que ya había perdido a los ladrones, me recosté un instante en un viejo tronco de un árbol caído, rodeado de una densa vegetación, de árboles vestidos, imaginaba yo, de dulces ocres, de ramas desnudándose para el próximo invierno. El viento soplaba suavemente, meciendo las copas de los árboles, mostrándome de tanto en tanto el rostro brillante de la luna llena. No habían pasado ni diez minutos, cuando de la nada empecé a ver unas diminutas luces, primero eran dos o tres, de repente se habían multiplicado en cuestión de segundos, cientos de luces revoloteaban alrededor mío, cada vez más cerca, cada vez más molesto, como un enjambre de abejas al ataque. Tuve que pararme de nuevo a correr, seguían acosándome, eran tantas que iluminaban los arboles cercanos, tenía que espantar a aquellas endiabladas criaturas, que ahora se, son lo que los sajones conocen como pixies. Corrí frenéticamente, como pude, tropezándome con ramas y raíces, dando tumbos contra los grandes y centenarios árboles. Y así como aparecieron, así desaparecieron aquellas desquiciadas luces, dejándome en medio de la nada, sudoroso y jadeante, con ganas de quebrarme y llorar.
Sin darme cuenta las hadas me habían conducido al borde de un claro en el bosque, que ahora podía ver gracias a la luz de la luna llena, me acerque a los primeros árboles y cautelosamente me asome al interior del claro, era un amplio circulo casi perfecto, como si lo hubiesen trazado desde tiempo inmemoriales, cuidado hasta el más mínimo detalle. Y para mi sorpresa en la mitad del claro había alguien. Una mujer sentada en un pequeño tronco, de pelo corto, oscuro y desordenado, largo cuello y esbelta figura; tenía un hermoso pero viejo vestido, rasgado y desgastado, pero que parecía que había visto mejores épocas. Estuve interminables minutos detallándola, parecía la princesa de algún reino decadente, parecía salida de esas canciones que entonaban los bardos a su paso por la villa. Me di cuenta que era una mujer muy joven, casi una niña, por lo que me pareció aún más bella, mas hipnotizante, y cada segundo sentía que me atrapaba más y más. Aunque tenía el corazón a punto de estallar, temía respirar muy duro, temía mover algún musculo, temía que se percatara de mi existencia y desapareciera para siempre. Estuve contemplándola horas, vi como las sombras que proyectaban los arboles por la luz de la luna se movían, y a pesar de todo ella permanecía casi inmóvil.
Cuando pensé que la dicha de verla podría a ser eterna, sin esperármelo, ella volteó a mirar en la dirección donde yo me encontraba, sus ojos eran frios, muy fuertes, hechizantes. Mi cuerpo entero se tensionó, mi pulso se congelo, no podía mover las piernas ni los brazos. En ese instante supe que ella se había percatado de mi existencia desde que llegué al bosque. Entonces dibujo una leve sonrisa, fría, casi malévola, hubo un destello en sus ojos y sin más dio un impresionante salto en la dirección contraria a la que yo estaba y se internó en el bosque.
Justo en el momento en que salía del sopor que me atrapo durante horas, escuche el infernal aullido de una jauría entera de bestias que llegaba de todos lados, sin más volví a correr, esta vez completamente aterrorizado. Cada vez se escuchaban más duro. Corrí y en medio de los aullidos pude identificar gritos humanos. De repente vi luces de antorchas, fui donde estaban lo más rápido que pude, y me encontré con el horror. Con total y absoluto miedo vi sangre por todos lados, brazos humanos arrancados de sus torsos, vi unas infernales bestias humanoides, muy altas, cubiertas por un pelaje áspero y denso, con fuertes garras, en una pelea a muerte con, lo que identifique como soldados del rey. Algunas de las bestias estaban inclinadas sobre los cuerpos inertes de algunos soldados, alimentándose de ellos, saciando un hambre infernal y aterradora. Para mi desventura, fui descubierto, y no tuve oportunidad de huir, no pude ni dar media vuelta, cuando una garra infinitamente más fuerte que yo me sostuvo y me tiro en medio de la confrontación, otro más hizo lo mismo conmigo, era tratado como una muñeca de trapo, de un lado para otro, mis vestiduras se rasgaron, así como la piel de mi espalda, brazos y frente, no era capaz de ver a donde iba, la sangre cubría mis ojos, sentía como uno a uno de los huesos de mi cuerpo eran pulverizados, hasta que caí al suelo, inmóvil, boca abajo, a merced de aquellas bestias, sentí una garra asirme por el cuello, sentí el final muy cerca.
Sin previo aviso, escuche los cornos reales, nuevas tropas venían a reforzar a sus compañeros, lo que sea que me tenía agarrado me soltó. Escuché el acero de las espadas blandirse por los aires, los bramidos de las bestias, y pisadas muy fuertes cada vez más lejos hasta que hubo una muy anhelada calma. Alguien me dio vuelta y pude ver los primeros rayos del sol clareando una noche de terror y a la vez de belleza indescriptible, eran los soldados que me recogían para llevarme con ellos, junto con sus compañeros muertos en batalla.
Con el hilo de voz que me quedaba les pedí que me condujeran hasta donde el padre Aelfred de Belmont, para que le diera paz a mi cuerpo maltrecho y ya lejos de la sanación, les dije que aunque ya era poco lo que podían hacer por mí, no se preocuparan porque mi mente, alma y corazón se quedarían para siempre en aquel claro, en la mitad del bosque, que mi espíritu se quedaría deambulando hasta poder encontrar a aquel ser que me embrujo los sentidos, hechizo mi esencia y me dio la libertad de poder volar en las alas de la ensoñación.
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