Octubre 31, En el año de nuestro Señor, 1198
Mi muy reverenciado Monseñor Bernardini.
Me encuentro en la penosa tarea de pediros vuestra asistencia, su reverencia, en lo que encuentro ahora un tema de suma importancia para la sagrada Iglesia Católica. Con la presente misiva, adjunto un relato de lo más intrigante, que se suma al ya largo corolario de historias macabras provenientes del que llaman el Bosque Prohibido, al cual vuestra oficina había desestimado por creer falsas supersticiones paganas de campesinos incautos y asustadizos.
Como vuestra excelencia ya sabe por el intenso intercambio de correspondencia, mi casa se encuentra a las afueras del pueblo, bordeando el bosque. En días pasados, un contingente, sumamente mermado de soldados arribó a las premisas de mi humilde morada, si acaso una hora después del amanecer, con horribles señas de haber pasado por grotesca batalla campal. Traían a cuestas, los cuerpos sin vida, terriblemente mutilados, de cinco de sus compañeros, y a un miserable adolecente, andrajosamente humilde a todas luces, muy mal herido, y aferrado a la vida por un hilo.
Mientras algunos soldados hacían las primeras atenciones a las heridas de aquel desdichado joven, yo daba cristiana sepultura a sus compañeros, como era de esperarse. Al terminar, ellos me relataron apresuradamente lo que les había pasado, de cómo habían sido emboscados vilmente, de cómo se defendieron valerosamente y de cómo la salida del sol los había salvado a todos de una muerte segura. Después se retiraron para poder reportarse con su capitán.
Fui, entonces a ver al adolecente, y me rogo para que, no solamente le escuchara, sino que escribiera el horror que había atestiguado. A continuación transcribo textualmente el relato de lo que pude extraer de este pobre desdichado antes que se entregara en manos de nuestro Redentor. Pido a su excelencia y a toda vuestra oficina que tomen cartas en el asunto, que se contacten, de ser necesario, con nuestro santo padre, el sumo pontífice Inocencio III, sé de buena fuente que ha querido crear una nueva herramienta para pelear contra el maligno, algo que en la península Ibérica llaman Inquisición, y que, con el poder de Dios Padre Todopoderoso, conquistemos el galopante mal que acecha por esto lares.
Agradezco vuestra rápida respuesta y ruego a los cielos que esta misiva llegue a sus manos antes de mediados del otoño, envío a mis más confiables y rápidos mensajeros, espero que sean debidamente recompensados.
Sinceramente
Padre Aelfred de Belmont
No hay comentarios:
Publicar un comentario