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miércoles, 14 de diciembre de 2011

La muerta y Los muertos

-Perdóneme Padre porque he pecado, han pasado ya 2 años desde mi última confesión…

-¿Por qué hace tanto que no te confiesas hija?

-Tuve muchas cosas que hacer padre, cosas que no podían esperar y el Padre Efraín, de mi pueblo ya no estaba disponible…

-¿Efraín? ¿Efraín García?

-Sí Padre.

-¿Tú eres de Santa Cecilia?

-Sí Padre.

-Y ¿cómo conocías a Efraín hija? Si se puede saber...

-El Padrecito Efraín me bautizó, me ayudó a hacer la primera comunión, me confirmó, fue el que me casó, el que le leyó los santos oleos a mi bisabuela, era el que iba a bautizar a mi hija…

-Y tú ¿quién eres hija?

-Yo era una campesina Padre, a veces era pescadora, esposa, casi soy mamá…ahora no soy nada de eso.

-Cuéntame tus pecados hija y deja al Señor juzgarte y perdonarte.

-No sé por dónde empezar Padre, son muchos.

-Tranquila, estoy seguro que no son tantos, empieza por el primer pecado que cometiste después de tu última confesión, lo recuerdas?

-Sí Padre, lo recuerdo.

-¿Cuándo fue?

-Hace casi 2 años.

-¿En serio? Bueno, cuéntamelo, desde el principio.

Recuerdo el barro, la lluvia de la selva, recuerdo que las botas que tenía puestas me quedaban grandes y me lastimaban los tobillos cuando se me salían los pies, recuerdo las huellas que estaba persiguiendo, como Mincho me había enseñado a perseguir a las Guaguas para cazarlas, recuerdo mi pelo lleno de sangre que se me escurría por la cara, recuerdo el peso de la escopeta de mi papá y que caminé 3 días antes de desmayarme.

-No te entiendo hija, ¿a quiénes seguías?,¿ a una guagua? Eso no es ningún pecado…

No padre no seguía a ninguna guagua. Cuando me desperté había dejado de llover y yo estaba tirada en un pastizal al lado de una laguna, pude tomar agua y comerme un par de pescados antes de seguir pero ya las huellas se habían borrado, entonces nada más pude seguir hacía donde iban antes, derecho, derecho, cual magdalena que llora al Cristo, como decía el padrecito Efraín.

-Sí así decía, lo recuerdo, nunca entendí po…

Después de 3 días llegué a Río Sucio, que queda por el río Yaramal, me acosté en una banca del parque y me quedé dormida abrazando la escopeta de mi papá hasta el otro día cuando me despertó una abuela que me chuzaba con un palo. Cuando me vio despierta me ofreció un pan y una taza de aguapanela, después me ofreció una ruana vieja y un costal para guardar la escopeta y que no me la quitara el ejército, el rato que me habló me preguntó muchas cosas pero yo no pude responderle, cuando abría la boca solo me salía un sonido como el que hace un gato cuando se está muriendo, entonces ella tenía que hablar por las dos, me contó que la hija que se le había muerto se parecía a mí, también me contó que hace poco el vendedor de cigarrillos había vuelto de Santa Cecilia y había contado que de todos los que vivían allá solo habían dejado una montaña de pedazos en la mitad del pueblo, me contó que desde el día que el vendedor de cigarrillos había vuelto se le podía oír gritar todas las noches por las pesadillas de lo que vio.

Cuando el sol ya estaba bien arriba la señora se despidió y me regalo un billete de 2 mil y un escapulario. Las manos y los píes me temblaban y los ojos me ardían, después de un rato empecé a sentirme desesperada, no sabía qué hacer, no sabía para dónde ir, entonces cuando ya estaba oscuro decidí que me iba a mi casa, con mi abuela, con mi mamá, con mi papá, con mis hermanos, con mi hijo y con Mincho, me paré ir hasta el río y dejarlo que me llevara a donde estaban todos, cuando lo escuché riéndose. Quedé congelada por un segundo, traté de buscarlo con la mirada, pero el cuello no me respondía, entonces empecé a temblar de verdad, los dientes me sonaban y el corazón se me quería salir por la boca pero no me podía parar de la banca, era como si estuviera clavada.

Cuando él pasó frente mío ni me miró, yo estaba apretando tan duro los puños que ya no sentía las manos. Apenas pude lo seguí hasta una casa saliendo del pueblo. Entonces empezó a llover como llueve en la selva: sin aviso ni misericordia. Me metí en un matorral y lo busqué hasta que lo vi por una ventana, vi como una mujer le servía la comida y vi como un niño se le sentaba en las piernas y entonces se volvió a reír y su risa me supo a sangre Padre, a sangre y gasolina, esa era la música que yo quería enseñarle, la que quería que gritara hasta que se le estallara el pecho.

Le apunté con la escopeta a la cabeza como me enseñó Mincho, las manos me temblaban, las piernas se me doblaban, yo sabía que los perdigones le iban a dar al niño y a la mujer y no me importó, cuando lo tuve en la mira cerré los ojos y apreté el gatillo.

1 comentario:

  1. Bien, Manuel, hay un errorcito en "pi papá" pero es lo único.
    La historia está bacana y me gustaría seguir leyéndo lo que sigue.

    Lo único que no me parece es que ella parece estar muy alterada confesándose, pero han pasado 2 años desde que comenzó su killing spree. Parece la confesión que haría inmediatamente después de haber matado al primero.

    Pero está bacana, alcanzás a transmitir los sentimientos de los personajes.

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