La cultura popular está plagada de historias de amores frustrados. La malvada hermana de Mr. Darcy se opone a su amor con Elizabeth Bennet porque la considera indeseable, poca cosa que no llega a la altura de su hermano. Los Capuleto consideran que Romeo no es una pareja idónea para su Julieta, ¿cómo un Montesco podría serlo? Las lecturas oficiales de tales personajes nos los han mostrado como seres, en el mejor de los casos, envidiosos, o en el peor de los casos, malvados. ¿Qué razón tendría alguien de interponerse en el amor puro entre una pareja de amantes? Un reciente estudio en psicología y filosofía experimental brinda una manera de comprender, y tal vez justificar, tales consideraciones sobre el amor.
¿Cuándo decimos que alguien está enamorado? Una manera tradicional de pensar al respecto es tomar a los estados de enamoramiento de la misma manera en la que se toman otros estados mentales. Se examina la conducta de un sujeto y a partir de ella se le atribuyen ciertos pensamientos que explican su conducta: si al salir por la calle vemos a una doña sacar una sombrilla nos sentimos justificados en pensar que ella cree que pronto lloverá. Tal atribución, aunque inconcientemente, se considera una descripción de lo que sucede dentro de su mente.
Del mismo modo, cuando escuchamos a María decir que piensa mucho en otra persona, cuando vemos que espera sus llamadas telefónicas o un correo electrónico, cuando sabemos que hace grandes esfuerzos para estar cerca, podemos pensar que María está enamorada. Así, parece que nuestras atribuciones de enamoramiento, es decir, cuando pensamos que María está enamorada de alguien, lo que hacemos es una descripción de aquello que sucede en su mundo interior.
Sin embargo, tal cosa no es cierta. Recientes estudios realizados por Jonathan Phillips, Luke Misenheimer y Joshua Knobe, de la Universidad de Yale, muestran que nuestras consideraciones acerca del amor son distintas. La “teoría” del amor que todos compartimos, quizás sin saberlo, hace que no hagamos una mera descripción cuando decimos que alguien está enamorado. En la jerga de los filósofos diremos que el concepto de amor es normativo y no descriptivo. Esto significa que al juzgar si algo es amor o no evaluamos la situación de acuerdo a algunos valores y a partir de ahí lo decidimos. Algo similar ocurre con nuestro concepto de bueno y malo. Al presenciar a un hombre pateando un perro en la calle, evaluamos lo ocurrido de acuerdo a nuestros estándares de bondad y maldad para luego hacer un juicio al respecto.
Los investigadores procedieron así: a un grupo de participantes se les relató el caso de dos personajes imaginarios, Susan y su novio. Susan nunca había estado tan atraída por otro hombre y no puede imaginarse compartiendo su vida con nadie más. Luego dividieron a los participantes en dos grupos y a cada uno de ellos se les hizo una descripción diferente del novio. A un grupo se le dijo que era un buen tipo: merece ser amado, es considerado y amable, incluso merece el deseo de Susan, es físicamente atractivo. Al otro grupo se le dijo que era un mal tipo: no merece su amor, es cruel e irresponsable, e incluso no merece el deseo de Susan, huele mal y le faltan varios dientes.
Ahora bien, a cada grupo de participantes se les pidió que dijeran qué tan de acuerdo estaban con una afirmación: “Susan está experimentando amor hacia su novio” o “Susan está experimentando lujuria hacia su novio”. Los resultados son por lo menos sorprendentes: los participantes consideraron que en el caso del buen tipo, Susan estaba realmente enamorada, mientras que en el caso del mal tipo, consideraron que en verdad Susan no estaba enamorada. En el caso de la atribución de lujuria no hubo diferencias, todos los participantes señalaron que Susan seguramente sentía lujuria por su novio.
Cuando pensamos que alguien sólo siente pasión, deseo o lujuria, hacemos una descripción de lo que creemos que pasa por la mente, y el cuerpo, de aquella persona. Pero en el caso del amor, evaluamos la situación, imponemos un estándar acerca del tipo de persona que puede merecer ser amado y a partir de eso decidimos si lo que siente alguien es verdadero amor u otra cosa. Basta recordar cuántas veces hemos tildado sólo de “costumbre” o de “dependencia” los sentimientos que alguien tiene hacia otro.
¿Cómo culpar a los Capuleto, a la hermana de Mr. Darcy, y a todos aquellos que se oponen a la realización de un amor si ahora sabemos que ellos mismos no consideraban que allí había amor verdadero en virtud de la descalificación que hacían de uno de los amantes? Peor aún, ¿cómo atrevernos a juzgar que algo es o no es amor verdadero? Quizás la culpa de todo este enredo lo tengan los medievales y la concepción que les heredamos del amor cortesano. De ahí proviene toda la idea romántica del noble caballero de blanca armadura, valores impolutos y coraje heroico, que siguiendo su destino encuentra su media naranja y luchando contra toda adversidad le apuesta todo a terminar, con su pareja, felices y comiendo perdices.
Claro, en estos tiempos (pos)modernos no esperamos que las medias naranjas de las personas tengan los mismos valores de los personajes de gestas medievales, pero sí nos quedamos con la idea que el amor es un sentimiento que debe regirse por valores absolutos y por eso no dudamos en extrapolar los nuestros hacia los sentimientos de los demás.
La cuestión que se pone sobre la mesa es la siguiente: ¿qué estándar es el que usamos para pensar que alguien está enamorado o no? Sin duda tales parámetros dependen de cada quien, de sus experiencias y de su propia historia, y por tanto son subjetivos. Así, ¿vale la pena juzgar el enamoramiento de alguien bajo nuestros propios criterios? Tal vez no. Alguna vez escuché a Alberto Comesaña, el vocalista de aquel grupo español de pop noventero Amistades Peligrosas, decir que todos los consejos estaban plagados de nostalgia. ¿Cómo aconsejar a alguien acerca de lo que siente si tenemos un sesgo psicológico en la manera en la que consideramos los sentimientos de los demás?
Los surcos por los que se mueven nuestros pensamientos suelen ser algo rígidos. Pero ser concientes de ellos nos permite, si bien no moldearlos a nuestra voluntad, evaluarlos críticamente. Cada vez que usted piense que su amiga en verdad no está enamorada de un fulano, piénselo dos veces. Quizás sí lo esté, pero esa persona no representa lo que usted considera que debe ser alguien que merezca ser amado. ¿Quién es usted para juzgarla?
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ufff, marica David, a pesar de que el tema es medio interesante y que le metés exprexiones coloquiales no me tramó, los ejemplos creo que en realidad no aclaran nada, ese de la sombrilla parece puesto por equivocación, tal vez sea por la obviedad de la situación pero no me atrevo a hacer un juicio de valor porque no sé si es un ladrillo o Definitivamente no soy el objetivo de ese tipo de artículos
ResponderEliminar:( Y yo que pensaba que era mi mejor intento de hacer algo parecido a "divulgación". ¿En realidad te pareció tan ladrilludo? ¿algún apartado en particular?
ResponderEliminarA mi me pareció bien la estructura y el objetivo del artículo, no lo sentí ladrillo.
ResponderEliminarCreo que el ejemplo de Romeo y Julieta no es el adecuado, porque el juicio de ellos se basa en "enemistad familiar", más que en no creer que se amen, el otro ejemplo no lo conozco.
En muchos casos puede haber razones para interponerse entre el amor de dos personas que van más allá de "no creer que se amen".
Los resultados de los experimentos me parecen interesantes y esta es una buena manera de conocerlos.