Jhon sonreía incrédulo mientras el orto de Ana le daba paso
a su sexo con dificultad, todo el esfuerzo invertido durante estos meses valió
la pena (“o el pene” como pensaba jhon divertido).
Ana se movía tímidamente bajo él, que contemplaba su espalda
tersa y blanca como un lienzo en el que se creará una obra de arte (“o al menos
un mamarracho posmoderno y sin valor, si yo soy el artista” reconoció).
Había quemado todos sus cartuchos para poder llevarla a la
cama, conocía todo sobre ella y solo la mitad la había aprendido de sus labios:
sus horarios, sus amigos, sus secretos. Y también sabía cuánto lo despreciaba
(“y no te estoy tomando a la fuerza, hijadeputa, como me ibas a obligar” se
dijo, satisfecho).
Fue el tiempo el que le permitió poseerla, solo tenía que
esperar el peor día de Ana, de esos en los que todo sale mal y solo se desea
una copa y olvidarse de lo ocurrido. Todas las amistades de ella le debían
algún favor a Jhon y cuando el momento llegara, pensaba cobrarlos todos. Si
algo tenía Jhon, era paciencia (“paciencia y la verga ensopada en mierda, jaja”
rió).
Llegó el día en que la vio entrar al bar que frecuentaba,
con una sonrisa que no llegaba a sus ojos pardos, y su lacio cabello marrón se
rebelaba en la coronilla. Supo que era el momento: compró una botella de ron
antes que ella se sentara, despachó sin explicación a posibles competidores y
ordenó a sus amigas hacerlo quedar bien. En cuanto ella llegó a la mesa, él se
marchó diciendo que volvería más tarde, sin prestarle la más mínima atención (“Le
sonreíste a Marla cuando me fui y vas a sonreír más ahora que me venga” se
regodeó).
Jhon galopaba apaciblemente hacia el clímax que muchas veces
había simulado en solitario, lamentando únicamente el no poder verle el rostro
gimiente o sus perfectos senos pálidos bailando con cada arremetida. Así que se
conformó con recordar la nívea cara de la que estaba enamorado (“mejor eso que
verte la mirada perdida de borracha”, concluyó).
El instante que duró el orgasmo fue eterno, mágico. Sintió como
si se sumergiera en el Leteo y todo dejara de existir, como si pudiera extraer
a Excalibur de una piedra filosofal y se proclamara rey de un castillo
solitario, donde no habitaban más seres que él y Ana (“…”).
La alcoholizada Ana también se quedó quieta, tendida boca
abajo soportando el peso de Jhon, que no se había apartado esperando a que
bajara el entumecimiento de su miembro.
El ano irritado se encogía lentamente a la vez que el pene se desinflaba, expulsándolo
junto con las viscosidades del semen y los excrementos (“te haría un Dirty
Sánchez, pero estás tan alcoholizada que no sé si me la chuparías o me la
arrancarías de un mordisco” tuvo que reconocer).
Jhon se limpió con las sábanas, se levantó y la contempló
largo tiempo, memorizando cada curva, cada vello, alimentándose de la juventud
de su piel y el desorden de su pelo. Ella vomitó a un lado de la cama y giró
para ofrecerle su desnudez frontal (“lo único mejor que un buen recuerdo, es un
buen recuerdo en video” pensó mientras sacaba el celular del pantalón tirado en
el suelo).
Ana parecía recobrar la conciencia por momentos y él se
obligó a contener las ganas de follársela de nuevo, porque se le había
endurecido otra vez al verla así. Se la había imaginado mil veces desnuda, pero
nunca habría podido adivinar el perfecto rosado oscuro de sus pezones. Recogió
sus cosas después de vestirse y se marchó (“y con este video te saco otras dos
culiadas más, al menos”).
Con el titulo y la primera línea, pensé en encontrarme algo mas desencarnado (vulgar quizas?), sin embargo, me parece bien llevado. En el cuerpo principal del texto no siento tanto ese soez, pero el final sí le hace honor al titulo del cuento. PD: Jhon se ganó mi mirada de desprecio, haha
ResponderEliminarJose, la descripción del metaforica del pj en tercera persona fue exclente. Como ya te dije el "soez" se volvió predecible y muy poco encantador en relación al otro narrador
ResponderEliminar