Todo pasó tan rápido que no tuve tiempo de reaccionar. En un segundo estaba riendo perdido en sus ojos azules y el siguiente rodaba tratando de aferrarme a algo entre la nieve y los árboles secos.
Cuando recuperé el conocimiento tenía la respiración agitada y un zumbido constante en los oídos, el dolor me despertó del todo y pude ver un hueso que se asomaba por mi pierna a través de la ropa de esquiar, como una estalagmita roja que veía el sol por primera vez.
La colina en la que desperté era un trecho marcado “solo para expertos” en las guías de sky, Donna y yo lo habíamos atravesado de extremo a extremo miles de veces pues estaba muy cerca de la cabaña de su padre, en la que solíamos pasar vacaciones cuando éramos solo estudiantes, muchas veces nos habíamos burlado de los turistas que se aventuraban por esa ruta sin saber en realidad esquiar y terminaban tocando la puerta de la cabaña con raspaduras, luxaciones y esguinces, su padre inclusive tenía una línea directa con la estación de rescate para esos casos.
Ese día dejamos la madera ardiendo en la chimenea y nos aventuramos fuera para hacer el amor entre la nieve, decidimos subir hasta la cima en la moto de nieve y refugiarnos en una pequeña caverna que habíamos descubierto el año pasado, yo llevaba en el bolsillo más seguro del anorak un anillo que estaba seguro ella aceptaría.
A pesar del olor a gasolina, el viento que soplaba desde la cima de la montaña me impedía ver a más de 2 metros y el zumbido me impedía escuchar hasta mis propios gritos, la tormenta de la que hablaban en la radio estallaba en todas direcciones, convirtiéndolo todo en una pared de cristales que golpeaban mi cara descubierta y se colaban como agujas por los agujeros de mi anorak. Yo caminaba casi arrastrándome sin saber qué hacer, el dolor en mi pierna era punzante y se empezaba a expandir por todo mi costado, llegando hasta mi nuca.
Subimos por 20 minutos, ella había metido sus manos bajo mi chaqueta y jugaba con los vellos de mi pecho, cada tanto sus manos bajaban un poco más y yo respondía con un movimiento brusco de la dirección para asustarla, entonces ambos reíamos y el juego volvía a empezar.
Fue ella la que me encontró a mí, su mano se aferró suavemente a mi bota y pude ver su chaqueta brillante enterrada en el túmulo que formaba un árbol caído. La sangre brotaba de su nariz, su boca y al salir de sus ojos se mezclaba con las lágrimas que se congelaban en sus mejillas, estalactitas rojas que se asomaban por su cuello y que complementaban las mías.
En una parte especialmente plana de la cima, justo donde debíamos girar para evitar la parte más empinada de la colina, ella se levanto en su parte del asiento aferrándose de mis hombros con las manos, pasó una pierna sobre mí y entonces la otra y se sentó en el tanque de combustible mirándome fijamente como solo ella sabía hacerlo, desnudándome mientras me cubría, descubriendo en mí partes que yo no conocía, yo no podía mantener esa mirada sin sentir que las lágrimas brotaban de mis ojos, entonces me besó.
Nos arrastramos empujándonos el uno al otro hacia abajo, la única dirección posible, yo sentía su respiración angustiosa y escuchaba el silbido de su aliento, cada paso nos acercaba a la cabaña pero la alejaba de mí, cuando finalmente vimos el humo de la chimenea que habíamos dejado encendida sentí su mano suave y fría en mi cara y giré la cabeza para encontrarme su mirada que me buscaba entre la nieve y la capucha de la chaqueta.
Acercó su boca a la mía, me dio un beso que me supo a sangre y, como lo habíamos prometido una vez después de hacer el amor, exhaló por última vez para que yo la respirara y la mantuviera dentro.
Cuando recuperé el conocimiento tenía la respiración agitada y un zumbido constante en los oídos, el dolor me despertó del todo y pude ver un hueso que se asomaba por mi pierna a través de la ropa de esquiar, como una estalagmita roja que veía el sol por primera vez.
La colina en la que desperté era un trecho marcado “solo para expertos” en las guías de sky, Donna y yo lo habíamos atravesado de extremo a extremo miles de veces pues estaba muy cerca de la cabaña de su padre, en la que solíamos pasar vacaciones cuando éramos solo estudiantes, muchas veces nos habíamos burlado de los turistas que se aventuraban por esa ruta sin saber en realidad esquiar y terminaban tocando la puerta de la cabaña con raspaduras, luxaciones y esguinces, su padre inclusive tenía una línea directa con la estación de rescate para esos casos.
Ese día dejamos la madera ardiendo en la chimenea y nos aventuramos fuera para hacer el amor entre la nieve, decidimos subir hasta la cima en la moto de nieve y refugiarnos en una pequeña caverna que habíamos descubierto el año pasado, yo llevaba en el bolsillo más seguro del anorak un anillo que estaba seguro ella aceptaría.
A pesar del olor a gasolina, el viento que soplaba desde la cima de la montaña me impedía ver a más de 2 metros y el zumbido me impedía escuchar hasta mis propios gritos, la tormenta de la que hablaban en la radio estallaba en todas direcciones, convirtiéndolo todo en una pared de cristales que golpeaban mi cara descubierta y se colaban como agujas por los agujeros de mi anorak. Yo caminaba casi arrastrándome sin saber qué hacer, el dolor en mi pierna era punzante y se empezaba a expandir por todo mi costado, llegando hasta mi nuca.
Subimos por 20 minutos, ella había metido sus manos bajo mi chaqueta y jugaba con los vellos de mi pecho, cada tanto sus manos bajaban un poco más y yo respondía con un movimiento brusco de la dirección para asustarla, entonces ambos reíamos y el juego volvía a empezar.
Fue ella la que me encontró a mí, su mano se aferró suavemente a mi bota y pude ver su chaqueta brillante enterrada en el túmulo que formaba un árbol caído. La sangre brotaba de su nariz, su boca y al salir de sus ojos se mezclaba con las lágrimas que se congelaban en sus mejillas, estalactitas rojas que se asomaban por su cuello y que complementaban las mías.
En una parte especialmente plana de la cima, justo donde debíamos girar para evitar la parte más empinada de la colina, ella se levanto en su parte del asiento aferrándose de mis hombros con las manos, pasó una pierna sobre mí y entonces la otra y se sentó en el tanque de combustible mirándome fijamente como solo ella sabía hacerlo, desnudándome mientras me cubría, descubriendo en mí partes que yo no conocía, yo no podía mantener esa mirada sin sentir que las lágrimas brotaban de mis ojos, entonces me besó.
Nos arrastramos empujándonos el uno al otro hacia abajo, la única dirección posible, yo sentía su respiración angustiosa y escuchaba el silbido de su aliento, cada paso nos acercaba a la cabaña pero la alejaba de mí, cuando finalmente vimos el humo de la chimenea que habíamos dejado encendida sentí su mano suave y fría en mi cara y giré la cabeza para encontrarme su mirada que me buscaba entre la nieve y la capucha de la chaqueta.
Acercó su boca a la mía, me dio un beso que me supo a sangre y, como lo habíamos prometido una vez después de hacer el amor, exhaló por última vez para que yo la respirara y la mantuviera dentro.
Está muy bonito el final, "Breathe out, So I could breathe you in, Hold you in".
ResponderEliminarHablando de inspiración musical, Creo que podrías manejar un poco de ritmo en los párrafos, por un momento lo cogiste, pero se te fue al final.
Me refiero a que narrás en 2 tiempos distintos: Antes y después del accidente. Me hubiera gustado más si intercambiaras ese tiempo en cada párrafo, tal vez le daría un poco más de musicalidad.