Reglas

1. Las entradas deben ingresarse terminadas, hasta las 12:00 de la noche del miércoles de cada semana.

2. A partir de la fecha de publicación, los miembros del blog deben comentar en cada entrada, con impresiones, consejos y correcciones (de ser necesarias) hasta el viernes de la semana de publicación.

3. El autor de la entrada debe hacer los ajustes que sean pertinentes antes del siguiente miércoles, fecha en la que debe publicar su nueva entrada.

miércoles, 17 de septiembre de 2014

El sentido de las cosas


Vi entrar a cada uno de los empleados, vi llegar a la encargada de las boletas, la vi, llena de tedio, quitarle el forro a su máquina, la vi encenderla y sentarse en el asiento en el que seguramente se había sentado mil veces antes, vi a un joven flaco y con cara de trasnocho abrir la puerta del almacén y lo vi voltear el letrero de cerrado, vi mi sonrisa incontenible en el reflejo opaco en la puerta de vidrio mientras entraba, vi el almacén de discos como si fuera la primera vez, vi los detalles metalizados del piso, vi los brillos artificiales pintados en las paredes, vi cada uno de los afiches que colgaban enmarcados de las paredes, vi a todos y cada uno de los que ya estaban dentro, vi sus caras de cansancio a pesar de que apenas eran las nueve de la mañana, vi sus uniformes limpios pero viejos, vi sus gestos llenos de rutina, vi los reproductores apagados, los televisores esperando recibir alguna señal y las escobas en un rincón, aguardando que alguien las recogiera para empezar a limpiar. Vi mi reloj, faltaban tres meses y doce días, vi la boleta en mis manos y me vi allí ese día.





Sentí el cansancio, sentí el dolor en las nalgas y la espalda, sentí las 10 horas del viaje al fin asentándose en los músculos, sentí el frío bogotano pellizcándome la cara, sentí el calor de mis amigos que se estrechaban uno con otro para dejar pasar los ventarrones helados que bajan de la montaña, sentí el aire frío en mi nariz, el sol picándome en las mejillas, sentí desespero por la fila inmensa delante y los montones de coleados que llegaban a cada momento, sentí el punzón agudo de la duda porque no llegaba la que estaba esperando, sentí mi boleta arrugada en el bolsillo una vez más, sentí miedo, por un momento de haberla borrado por tanto tocarla o de que no me sirviera para entrar, sentí electricidad salirme desde el estómago y erizar todos mis pelos, Sentí la emoción que hacía que todo lo demás se me olvidara.



Olí la bareta de los de adelante, olí el pasto eternamente mojado del parque Simón Bolívar, olí el cigarrillo en mi buzo, olí los restos del perro caliente de mil pesos que me acababa de comer en mi jean, olí el perfume de una de mis amigas, olí la cerveza que sostenía y que había derramado cuando empezó a moverse la fila, olí a miles de personas que pasaban a mi alrededor mientras corrían al puesto de entrada, mandando la fila a la mierda, olí los orines del tipo que no fue capaz de salirse de la fila, olí la mierda de perro que hay en todos los parques, olí  el humo de los carros, el afán en la gente que aceleraba el paso. Olí mi propio miedo cuando me di cuenta que ella tal vez no me encontraría.





Saboreé la saliva mientras tragaba el último trago de cerveza, saboreé el amargo que ya había perdido todo el gas, saboreé el humo del cigarrillo, que se arrastraba por mi lengua reseca y chocaba en el fondo de mi paladar como un golpe, saboreé la brisa que pasaba, desde la mañana, cuando llegué, saboreé la esperanza cuando al fin timbró mi celular, saboreé el gusto de saber que estaba cerca, que ya casi llegaba, que no podía esperar verme. Saboreé su saliva, así nunca lo hubiera hecho en verdad.



Escuché mi corazón acelerarse hasta volverse una vibración continua en mi pecho, escuché su voz gritándome alguna tontería, escuché a cincuenta mil personas gritar cuando la banda salió al escenario, escuché mi propia voz quebrarse cuanto mis pulmones no pudieron sostener mis gritos, escuché el bajo antes de que hiciera vibrar el suelo, escuché la guitarra antes de que cortara el aire, escuché la batería antes de que me golpeara el pecho, la escuché a ella gritar a mi lado y me escuché a mí mismo susurrándole todo lo que nunca me atrevería a decirle.

4 comentarios:

  1. Muy entretenido, usa el recurso de la repetición si volverse un ruido sordo y tiene un lenguaje coloquial que no ralla en lo burdo.

    Aquí algunas observaciones:

    -(sentí el calor de mis amigos que se estrechaban uno con otro para dejar pasar los ventarrones helados que bajan de la montaña) no entendí esta parte.
    -(por tanto tocarla o de que no me sirviera para entrar) manuel me huele a dequeísmo, podría estar equivocado…pero me huele.
    -(pelos, Sentí) ¿Era punto final o se te fue la mayúscula?
    -(saboreé la brisa que pasaba, desde la mañana, cuando llegué,) creo que sobra una coma.

    ResponderEliminar
  2. Está chévere, me gustó la lectura y el esquema.

    Ya que manejás tiempos para cada sentido (vista cuando compra la boleta, tacto cuando va en el viaje, audición durante el concierto), podrías intentar darle otro tiempo a olfato o gusto, porque siento que ambos suceden a la vez, justo antes del toque.

    solo una cosa: En la parte del olfato, decís dos veces que oliste el perfume de amigas.

    ResponderEliminar
  3. Me pareció chévere el contexto. Y a pesar de que usas diferetnes términos para la repetición. Si me parece qeu ese recurso en todos los párrafos me hizo elevarme.

    ResponderEliminar
  4. El uso de los explícitos en cada párrafo hace más completa la experiencia, en vez de abrumar al lector con sensaciones unisonantes, se enfoca en cada sentido, buscando las maneras más contundentes de hacerlo impactante. Sugeriría pensar más en puntos seguidos y menos en comas, como en un relato antiguo de Mario. Un estilo más telegráfico puede hacer cada sensación más holística, más impactante.

    Recomiendo a Renata Adler, especialmente "Speedboat". Ella viene de la tradición periodística, así que es una reina para las descripciones.

    El título es genialidad destilada.

    ResponderEliminar