Bajo
el sol septentrional, el saco de pana era una camisa de fuerza que
asfixiaba mi torso y la corbata roja el nudo del verdugo que sellaba
mi condena.
Las
cinco personas que me acompañaban, sin embargo, estaban mejor
preparadas. Probablemente locales, vestían ropa cómoda y ligera.
Cuando salimos de la capital, muchos metros sobre el nivel del mar,
creo haberlos visto apresados por el frío de la sabana congelada,
pero tales momentos de agonía térmica debían ser las medidas
necesarias para afrontar el vil calor que me asolaba.
Tres
de los locales se subieron a una camioneta rústica que esperaba más
allá de la plataforma, tras las puertas de vidrio, un tanto
descuidadas. El piloto dejó su puesto para ayudarles con el
equipaje, los saludó con un abrazo cálido y ameno (creo que uno de
ellos lloraba) y, después de breves presentaciones y protocolo,
partieron todos en el vehículo. El escape del aparato rugía con
agonía cada 10 o 15 metros, una banda sonora incómoda.
Los
otros dos no tardaron mucho en producir cada uno un teléfono celular
-un auténtico ladrillo con antena- y, tras soltar una serie de
laberintos vocales en el dialecto de la isla, colgaron la llamada al
unísono. Diez minutos después un taxi llegó a recogerlos. Les
pregunté si podía anexarme a su ruta (me dirigía a Saint Cecil, el
único colegio de nombre extranjero en el lugar) y, con rostro de
preocupación me dieron la negativa. El conductor agregó que podía
llamar al número impreso en la puerta del vehículo, no era del todo
seguro conseguir algo rápido, especialmente en temporada baja, pero
era mejor que nada.
Asentí
y, conforme iniciaron la marcha, intenté anotar el número de la
puerta pero la superficie había perdido la batalla contra el tiempo
y, estoy seguro, uno que otro examen de conducción. El número en
ella era ilegible. Cuando reaccioné y corrí para ver la puerta por
el lado del conductor, el taxi se encontraba lejos ya. El calor del
asfalto negro se filtraba por las suelas de mis zapatos, volví a la
sombra no mucho después.
El
guardia del lugar, Atos, hacía su ronda habitual. Le pregunté qué
tan descabellado era intentar hacer el trayecto hacia Saint Cecil a
pie. El tipo, un hombre de piel bronceada y cabello ónice abundante
recogido en una cola de caballo, miró hacia el horizonte y se quedó
mudo por un instante. Parecía reflexionar con minuciosidad, trazar
los pasos sobre la carretera con la mirada, convocar el calor, el
dolor y el cansancio en un único momento de introspección.
-No
– rompió el silencio con una sentencia severa.
-O,
bueno, tal vez de noche... - una sentencia no tan severa.
-Pero
se lo comerían vivo los mosquitos, estoy seguro. No, definitivamente
no– la reflexión no fue tan trascendental, parecía.
Dijo
que, si mi espera se prolongaba demasiado, no dudara en acompañarlo
a su casa. Estaba cordialmente invitado a tomar posada esa noche, y
al día siguiente, bien temprano, llamarían a pedir un taxi, las
veces que fuera necesario. Le agradecí con una sonrisa muda y el
hombre siguió su ruta del deber. Yo volví hacia las entrañas del
edificio, creí haber visto una cafetería en el camino.
El
anciano tras el contador me recibió con una sonrisa gentil, sobre la
superficie habían todo tipo de pasteles aprisionados por domos de
plástico, para conservar su frescura. Una tarea algo complicada, ya
que cada pieza de repostería parecía hacerle honor al venerable
dueño. No del todo dispuesto a arriesgar mi salud intestinal, me
decidí por un cappuccino. El viejo se dio la espalda y caminó con
paso lento hacia una máquina antigua en el fondo del local. El
aparato hizo un ruido semejante a una licuadora llena de piedras y,
un minuto después, el vaso lleno yacía sobre el mostrador.
Consideré dejar el dinero y simplemente darme la espalda apenas el
viejo se distrajera, pero me disparó una mirada lastimera y de
auténtica preocupación, como un francotirador escondido tras un
bosque de arrugas. Tomé el pequeño vaso y partí hacia una de las
mesas metálicas del lugar.
Perdiéndome
en esa laguna espumosa, empecé a imaginarme qué tan particular
sería la casa de Atos y qué tan incómodo sería aceptar la derrota
y finalmente pedir posada. La bebida transmitía el color de la
amargura, un blanco decadente y opaco. El sol se filtraba por entre
los tragaluces sucios, los pasillos del aeropuerto un tétrico
laberinto ciarooscuro.
Y un hombre, sólo con su café, contemplándolo como si se tratará
del brebaje más herético de la alquimia de antaño. Hombre
en Aeropuerto, óleo sobre
lienzo.
Resignado
a morir de la manera más barroca posible, sorbí el capuccino. La
espuma rosaba mis labios cuando escuché unos pasos acercarse, un
caminar nervioso. Luego la voz agitada:
- ¿Richter?
-
El mismo – respondí con
toda la ironía que mi garganta pudo producir.
-
El vuelo se tardó muy poco –
comentó casualmente la voz,
el agotamiento parecía ya un
mero mito de edades antiguas.
-
El clima fue bueno.
-¿En serio? La última vez que
estuve allá era un infierno congelado.
-
Algunos nos hemos
acostumbrado.
-
Lamento haberlo hecho esperar
de más.
-
¿Qué dice? La estaba pasando bien, con los mosquitos, el calor y
dos juegos de maletas.
Desvié
la mirada hacia la propietaria de la voz repentina. Contuve el ánimo
de estallar en furia. Se trataba de una mujer, no menor de 27 años,
lucía cabello corto, tres
meñiques debajo de la oreja, tono castaño rojizo. Su rostro hablaba
de cansancio y noches en vela, líneas de expresión muy marcadas
sobre la piel desgastada, torturada por el sol de la isla. Y, sin
embargo, mi primera imagen de ella fue una sonrisa burlona e
hiriente, una soberbia juvenil y exasperante. Como si hubiera habido
cierto placer en mi esperar en vano, en el número ilegible del taxi,
en perder el tiempo dialogando con Atos, como si hubiera sido su
intención, desde el principio, que el maldito aeropuerto fuera un
pequeño purgatorio, un saludo vulgar a la isla. Sus labios se
movieron, la lengua moldeando cada sílaba conforme el aire maldito
escapa de la garganta de la harpía.
-
Le convendría ser menos insolente. Al fin y al cabo, soy su nueva
jefe. – supe entonces que lamentaría, por el resto de mi vida,
haberme interesado en un lugar como Saint Cecil.
Buen inicio, permite conocer el ambiente próximo de la historia, aunque a mi parecer muy poco de personaje. Tengo un par de observaciones que no se si son pertinentes pero con mucho respeto las dejo a tu consideración:
ResponderEliminarBajo el sol septentrional, el saco de pana era una camisa de fuerza que asfixiaba mi torso y la corbata roja el nudo del verdugo que sellaba mi condena. Podrías poner una coma para acentuar de esta manera. (Bajo el sol septentrional, el saco de pana era una camisa de fuerza que asfixiaba mi torso y la corbata roja, el nudo del verdugo que sellaba mi condena.)
El escape del aparato rugía con agonía cada 10 o 15 metros, una banda sonora incómoda. Creo que entiendo a qué te refieres aquí, pero la frase tiene problemas de redacción.
Los otros dos no tardaron mucho en producir cada uno un teléfono celular. No entiendo esta parte, hicieron un teléfono celular?, o a que te refieres con producir?.
Error mío. En inglés se usa "to produce" para indicar que alguien hizo aparecer algo de alguna parte. Me sonó natural, entonces hice la traducción así.
ResponderEliminarEstá Bacano, lográs narrar los sentimientos del personaje. Me gusta el ritmo también, espero leer más en las siguientes entradas.
ResponderEliminarPregunta: el título es por?
Comentarios de redacción:
"tras las puertas de vidrio, un tanto descuidadas" yo quitaría la coma. Efectivamente la parte de la producción de celulares está rara. Recordá que podés editar tu propia entrada.
"El número en ella era ilegible" esta declaración parece sobrar, acabás de hacer un buen comentario explicándolo.
No entendí si el diálogo con Atos es en realidad un monólogo. Si todo lo dice Atos, no deberías separarlo con guiones.
"llamarían a pedir un taxi, las veces que fuera necesario." sobra una coma.
"Yo volví hacia las entrañas del edificio, creí haber visto una cafetería en el camino." sobra el "yo" y creo que falta un conector en vez de la coma.
En espanhol es "capuchino", como lo escribiste es en italiano. No sé si lo hacés para denotar el origen del personaje. Lo mismo sucede con "ciarooscuro".
"Y un hombre, sólo con su café, contemplándolo como si se tratará del brebaje más herético de la alquimia de antaño. Hombre en Aeropuerto, óleo sobre lienzo." Esta parte parece una reflexión consciente, si es así, deberías separarla como si fuera un diálogo con él mismo. Yo usaría guiones dentro del mismo párrafo. El "sólo" de ese párrafo creo que no va tildado.
"rosaba" es con "z".