El Gran Colombiano
Era una madrugada oscura en Santa fe. A esa hora en un día despejado ya habría
asomado el sol, pero no en ese, este no quería irrumpir en la principal ciudad
del país. Algunos curiosos abrían tímidamente los postigos para ver pasar a los
dos condenados que caminaban con escolta por la calle adoquinada rumbo a la
plaza mayor, pero muy pocos se atrevieron a salir. En la última semana las
calles de la capital de la Gran Colombia habían estado desocupadas. Siete noches
atrás estuvieron teñidas de sangre de leales y conspiradores. Aquella noche, 26
de septiembre de 1828, huyó por ellas un dictador en chinelas que se apuraba en
acomodar las pistolas y la espada mientras buscaba refugio bajo un puente.
La plaza estaba llena de soldados, infantería y caballería copaban cada punto,
ni rastros de la armada en ese paraje frio entre dos cordilleras. Un leve
murmullo ahuyento el silencio reinante; algunos se cuadraron reconociendo a los
oficiales, otros tomaron una actitud desafiante, casi burlesca ante los
traidores.
Por la callejuela que conecta con la plaza de San Agustín apareció la
guardia con los dos sancionados. A la izquierda el Coronel Juan N. Guerra,
oriundo de Cali, caminaba cabizbajo con un uniforme al que le habían arrancado
todas las enseñas de rango u honor que hubiese tenido alguna vez. Su aflicción era
abrumadora. La presencia y tamaño del otro condenado hacían que pareciera más
joven, liviano e inexperto. Con 27 años era un veterano y fiero guerrero, pero
en ese oscuro trance solo añoraba las tardes soleadas junto al rio Lili, apreciando
las miles de combinaciones de verde y esos olores traviesos de flores
primaverales que en la mala hora se colaban entre sus recuerdos.
Sus ojos rojos miraron hacia los cerros orientales buscando algún
indicio del santuario de Monserrate, como si allí algún santo patrono pudiera
interceder por él, pero la montaña solo le devolvió oscuridad y frio. Agacho
nuevamente la cabeza y se resignó a su suerte sintiéndose un extranjero en su
propio país. Su acompañante de infortunio lo miraba con algo de compasión, y
algunas palabras de consuelo se formaron en su mente pero no llegaron a la
boca. El comandante, el guerrero incansable, ese acostumbrado a mandar y vencer
en los peores trances, no estaba para ejercer el magnánimo oficio de la
compasión. Torció el gesto, y las fosas de su nariz chata recogieron el aire de
la madrugada para seguir caminando con dignidad y cabeza fría; buscando imponerse
a sus verdugos.
El Almirante Jose Prudencia Padilla adoptó su postura más erguida y
orgullosa para lucir su traje de General de División, ese que utilizaba en
paradas militares y homenajes. El hombretón destacaba en el grupo porque le
sacaba una cabeza a los demás y porque era Pardo. De madre Wayuu y padre negro,
irónicamente el fundador y mayor héroe del
más elitista y excluyente cuerpo de las fuerzas militares, la armada de
la república, fue un zambo.
Los amarraron en los postes para su ejecución y allí duraron un par de
horas. A las diez de la mañana apareció el pelotón de fusilamiento. Al frente
estaba un sargento fondón, con cara picada de viruela y aliento a cebolla y
ajo. Padilla noto que la hebilla de su verdugo no estaba centrada y tenía las
botas sucias, eso lo molesto más que las manos atadas al poste por la espalda que
ya ni siquiera sentía. Él, que había luchado en Trafalgar, que había
sobrevivido al “Nelson touch”; él, que había escapado del sitio de Morillo a
Cartagena con unos cuantos leales en un bergantín para reunirse con Bolívar en
Jamaica; él, que había limpiado el Orinoco y el magdalena de españoles con
simples flecheras; él, que había retomado Cartagena a sangre fuego; él, que había
tomado el castillo de Bocachica organizando un desfile con sus buques llenos de
guirnaldas y la banda de música de las fuerzas de Cordoba tocando marchas
triunfales, en una de las primeras operaciones de guerra sicológica
documentadas en Colombia. Él,- pensó- no moriría fusilado por un pelotón de zarrapastrosos que
ni siquiera seguían las formas y el decoro propio de un servidor de la república.
Su voz de bajo barítono lleno la plaza. Ese hijo del mar, bendecido de Neptuno,
que imponía su voz a tormentas, piratas, corsarios y bucaneros para que cada hombre
y navío siguiera sus órdenes, trono más fuerte que en batalla, - ¡Atalajense, inspección, formar!, si me van
a matar que parezcan soldados no bandoleros. Oficiales en la plaza. -Los
soldados se cuadraron inmediatamente, presa de memoria muscular y temor inconsciente
a la voz de un oficial.
La orden tomo por sorpresa al
sargento que estuvo a punto de iniciar la inspección. Se recuperó y lleno de
rencor se volteó hacia el patíbulo y con ese paso firme y decidido que da la
rabia y la indefensión del oponente. Se acercó a Padilla y casi escupiendo las
palabras le dijo -Los traidores, ni son oficiales, ni mandan- y acto seguido
empezó a arrancarle las condecoraciones y las presillas, luego con una
brusquedad que rayaba en el berrinche intentó quitarle la casaca. -¿No ve que
estoy amarrado, torpe? Le dijo el Almirante. El sargento se retito y mandó
formar. El soldado con las vendas caminó hacia el patíbulo, Padilla se negó a
que taparan sus ojos.
Antes de la descarga, la voz del marinero se alzó de nuevo en la plaza
¡Viva la libertad!. Las balas acabaron con la vida del coronel Guerra de
inmediato, pero el corpulento mulato, siguió con vida, respiraba con
dificultad, puso su mirada en un charco que se empezaba a teñir de sangre y del
que sobresalía la medalla que le habían dado al llegar a Cartagena después de
liberar Maracaibo, cuando la alta sociedad lo recibió y lo llamaron el “Nelson
Colombiano”. Sonrió recordando la cara de Montilla y el Tuerto Marquez viendo
tamaño homenaje del pueblo y los notables de la ciudad amurallada al Pardo
Padilla. Empezó a escupir sangre. El sargento ordenó recargar, - ahora apúntenle
a la cara a ver si se muere este hijueputa-. El condenado logro murmurar
algunas cosas entre las que el suboficial capto ¡cobardes! Antes de que la gran
cabeza de pelo negro ensortijado se convirtiera en un amasijo de sangre y
sesos.*
*La Convención Granadina de 1832 rehabilitó la memoria
del Almirante Jose Prudencio Padilla devolviéndole sus honores y
condecoraciones, eximiéndolo de los delitos de los que se le acusaba. Eso sí
Cuatro años después de muerto.
Muy buena la narración, me gustó tu estilo. Solo te faltan un par de tildes en "ahuyentó" y "agachó"
ResponderEliminarMe pareció muy buena la narración, mantenés un ritmo constante, que es muy cómodo. Es una historia muy chévere, que despierta interés y se nota que investigaste sobre los personajes. Paso a hacer una lista de, lo que me parece, podés mejorar:
ResponderEliminar-En la primera línea tenés una redacción que genera confusión: “(..)asomado el sol, pero no en ese, este no quería irrumpir en(…)” al estar juntos ese y este, hacés que se lean raros.
-En esta línea yo usaría un punto y coma en lugar de coma después de soldados, pues parece que la coma que usas es para seguir enumerando quienes estaban en la plaza “(…)La plaza estaba llena de soldados, infantería y caballería copaban cada punto,(…)”
-Falta tilde en frío “(…)oscuridad y frio.(…)”
-Me parece que los rangos y las razas se escriben con minúsculas.
-En cambio “(…)fuerzas militares, la armada de la república,(…)” deberían ir en mayúscula, porque hablás de los nombres de cuerpos militares
-Tilde en notó “(…)Padilla noto(…)”
-aquí, me parece, que te hacen falta comas para encerrar las emociones del oficial “(…)Se recuperó y lleno de rencor se volteó hacia el patíbulo y con ese paso firme(…)” igual aquí “(…)luego con una brusquedad que rayaba en el berrinche intentó quitarle la casaca(…)”