Reglas

1. Las entradas deben ingresarse terminadas, hasta las 12:00 de la noche del miércoles de cada semana.

2. A partir de la fecha de publicación, los miembros del blog deben comentar en cada entrada, con impresiones, consejos y correcciones (de ser necesarias) hasta el viernes de la semana de publicación.

3. El autor de la entrada debe hacer los ajustes que sean pertinentes antes del siguiente miércoles, fecha en la que debe publicar su nueva entrada.

miércoles, 16 de julio de 2014

El Gran Colombiano


Era una madrugada oscura en Santa fe. A esa hora en un día despejado ya habría asomado el sol, pero no en ese, este no quería irrumpir en la principal ciudad del país. Algunos curiosos abrían tímidamente los postigos para ver pasar a los dos condenados que caminaban con escolta por la calle adoquinada rumbo a la plaza mayor, pero muy pocos se atrevieron a salir. En la última semana las calles de la capital de la Gran Colombia habían estado desocupadas. Siete noches atrás estuvieron teñidas de sangre de leales y conspiradores. Aquella noche, 26 de septiembre de 1828, huyó por ellas un dictador en chinelas que se apuraba en acomodar las pistolas y la espada mientras buscaba refugio bajo un puente.

La plaza estaba llena de soldados, infantería y caballería copaban cada punto, ni rastros de la armada en ese paraje frio entre dos cordilleras. Un leve murmullo ahuyento el silencio reinante; algunos se cuadraron reconociendo a los oficiales, otros tomaron una actitud desafiante, casi burlesca ante los traidores.

Por la callejuela que conecta con la plaza de San Agustín apareció la guardia con los dos sancionados. A la izquierda el Coronel Juan N. Guerra, oriundo de Cali, caminaba cabizbajo con un uniforme al que le habían arrancado todas las enseñas de rango u honor que hubiese tenido alguna vez. Su aflicción era abrumadora. La presencia y tamaño del otro condenado hacían que pareciera más joven, liviano e inexperto. Con 27 años era un veterano y fiero guerrero, pero en ese oscuro trance solo añoraba las tardes soleadas junto al rio Lili, apreciando las miles de combinaciones de verde y esos olores traviesos de flores primaverales que en la mala hora se colaban entre sus recuerdos.

Sus ojos rojos miraron hacia los cerros orientales buscando algún indicio del santuario de Monserrate, como si allí algún santo patrono pudiera interceder por él, pero la montaña solo le devolvió oscuridad y frio. Agacho nuevamente la cabeza y se resignó a su suerte sintiéndose un extranjero en su propio país. Su acompañante de infortunio lo miraba con algo de compasión, y algunas palabras de consuelo se formaron en su mente pero no llegaron a la boca. El comandante, el guerrero incansable, ese acostumbrado a mandar y vencer en los peores trances, no estaba para ejercer el magnánimo oficio de la compasión. Torció el gesto, y las fosas de su nariz chata recogieron el aire de la madrugada para seguir caminando con dignidad y cabeza fría; buscando imponerse a sus verdugos.

El Almirante Jose Prudencia Padilla adoptó su postura más erguida y orgullosa para lucir su traje de General de División, ese que utilizaba en paradas militares y homenajes. El hombretón destacaba en el grupo porque le sacaba una cabeza a los demás y porque era Pardo. De madre Wayuu y padre negro, irónicamente el fundador y mayor héroe del  más elitista y excluyente cuerpo de las fuerzas militares, la armada de la república, fue un zambo.  

Los amarraron en los postes para su ejecución y allí duraron un par de horas. A las diez de la mañana apareció el pelotón de fusilamiento. Al frente estaba un sargento fondón, con cara picada de viruela y aliento a cebolla y ajo. Padilla noto que la hebilla de su verdugo no estaba centrada y tenía las botas sucias, eso lo molesto más que las manos atadas al poste por la espalda que ya ni siquiera sentía. Él, que había luchado en Trafalgar, que había sobrevivido al “Nelson touch”; él, que había escapado del sitio de Morillo a Cartagena con unos cuantos leales en un bergantín para reunirse con Bolívar en Jamaica; él, que había limpiado el Orinoco y el magdalena de españoles con simples flecheras; él, que había retomado Cartagena a sangre fuego; él, que había tomado el castillo de Bocachica organizando un desfile con sus buques llenos de guirnaldas y la banda de música de las fuerzas de Cordoba tocando marchas triunfales, en una de las primeras operaciones de guerra sicológica documentadas en Colombia. Él,- pensó- no moriría  fusilado por un pelotón de zarrapastrosos que ni siquiera seguían las formas y el decoro propio de un servidor de la república. Su voz de bajo barítono lleno la plaza. Ese hijo del mar, bendecido de Neptuno, que imponía su voz a tormentas, piratas, corsarios y bucaneros para que cada hombre y navío siguiera sus órdenes, trono más fuerte que en batalla,  - ¡Atalajense, inspección, formar!, si me van a matar que parezcan soldados no bandoleros. Oficiales en la plaza. -Los soldados se cuadraron inmediatamente, presa de memoria muscular y temor inconsciente a la voz de un oficial.

 La orden tomo por sorpresa al sargento que estuvo a punto de iniciar la inspección. Se recuperó y lleno de rencor se volteó hacia el patíbulo y con ese paso firme y decidido que da la rabia y la indefensión del oponente. Se acercó a Padilla y casi escupiendo las palabras le dijo -Los traidores, ni son oficiales, ni mandan- y acto seguido empezó a arrancarle las condecoraciones y las presillas, luego con una brusquedad que rayaba en el berrinche intentó quitarle la casaca. -¿No ve que estoy amarrado, torpe? Le dijo el Almirante. El sargento se retito y mandó formar. El soldado con las vendas caminó hacia el patíbulo, Padilla se negó a que taparan sus ojos.

Antes de la descarga, la voz del marinero se alzó de nuevo en la plaza ¡Viva la libertad!. Las balas acabaron con la vida del coronel Guerra de inmediato, pero el corpulento mulato, siguió con vida, respiraba con dificultad, puso su mirada en un charco que se empezaba a teñir de sangre y del que sobresalía la medalla que le habían dado al llegar a Cartagena después de liberar Maracaibo, cuando la alta sociedad lo recibió y lo llamaron el “Nelson Colombiano”. Sonrió recordando la cara de Montilla y el Tuerto Marquez viendo tamaño homenaje del pueblo y los notables de la ciudad amurallada al Pardo Padilla. Empezó a escupir sangre. El sargento ordenó recargar, - ahora apúntenle a la cara a ver si se muere este hijueputa-. El condenado logro murmurar algunas cosas entre las que el suboficial capto ¡cobardes! Antes de que la gran cabeza de pelo negro ensortijado se convirtiera en un amasijo de sangre y sesos.*              



*La Convención Granadina de 1832 rehabilitó la memoria del Almirante Jose Prudencio Padilla devolviéndole sus honores y condecoraciones, eximiéndolo de los delitos de los que se le acusaba. Eso sí Cuatro años después de muerto.    

2 comentarios:

  1. Muy buena la narración, me gustó tu estilo. Solo te faltan un par de tildes en "ahuyentó" y "agachó"

    ResponderEliminar
  2. Me pareció muy buena la narración, mantenés un ritmo constante, que es muy cómodo. Es una historia muy chévere, que despierta interés y se nota que investigaste sobre los personajes. Paso a hacer una lista de, lo que me parece, podés mejorar:

    -En la primera línea tenés una redacción que genera confusión: “(..)asomado el sol, pero no en ese, este no quería irrumpir en(…)” al estar juntos ese y este, hacés que se lean raros.

    -En esta línea yo usaría un punto y coma en lugar de coma después de soldados, pues parece que la coma que usas es para seguir enumerando quienes estaban en la plaza “(…)La plaza estaba llena de soldados, infantería y caballería copaban cada punto,(…)”

    -Falta tilde en frío “(…)oscuridad y frio.(…)”

    -Me parece que los rangos y las razas se escriben con minúsculas.

    -En cambio “(…)fuerzas militares, la armada de la república,(…)” deberían ir en mayúscula, porque hablás de los nombres de cuerpos militares

    -Tilde en notó “(…)Padilla noto(…)”

    -aquí, me parece, que te hacen falta comas para encerrar las emociones del oficial “(…)Se recuperó y lleno de rencor se volteó hacia el patíbulo y con ese paso firme(…)” igual aquí “(…)luego con una brusquedad que rayaba en el berrinche intentó quitarle la casaca(…)”


    ResponderEliminar