La sopa sabía un poco salada, pero estaba caliente y eso era
todo lo que necesitaba para gustarle. La cena transcurría en silencio entre
miradas nerviosas y Pablo sentía algo de presión para llenar el vacío mientras
la familia Agudelo le tomaba cariño.
- Cuando mi papá salió de la cárcel me enseñó el secreto de la felicidad - todos lo miraban sin
llevarse la comida a la boca. Comenzó a numerar usando los dedos - alimento
caliente en el estómago, - hizo una señal con la mano y todos, menos el señor
Agudelo, tomaron un poco de sopa – un techo donde dormir abrigado y una familia
a la cual amar. – Sonrió masticando con la boca entreabierta y miró a la mujer
madura – Rosaura, acabas de hacerme feliz.
Lo que había olvidado, seguramente de manera intencional, fue
lo que su padre dijo después de haberle enseñado su máxima lección de vida “…y
en prisión dejé las tres”.
El señor Agudelo respiraba fuertemente desde la cabecera del
comedor mientras escuchaba hablar a Pablo. Jugaba con la idea de tirarle un cuchillo, pero el peso de las
cadenas y los sollozos de su hija lo desmoralizaban.
- ¿Qué
te pasa, Isa? – dijo Pablo tocándole la mano a la adolescente que tenía sentada
al lado - No te había visto llorar durante este mes que los he estado
observando ¿acaso tu novio te hizo algo? –
la muchacha se estremeció al sentir la mano fría sobre la suya y exhaló un
quejido de temor – solo dímelo y papá y yo nos encargaremos de…
-No es tu papá ¿cierto
mami? – interrumpió Nicolás, el niño pequeño sentado al lado de Rosaura.
El señor Agudelo, Isabel y Rosaura lo miraron al tiempo con
los ojos bien abiertos, tratando de decirle con la mirada algo que un infante
no entendería.
- Esa no es manera de
hablarle a tu nuevo hermano, Nico, vas a ver que nos llevaremos muy bien,
tenemos mucho en común. – El niño miró confundido a su madre, pero Rosaura
estaba mareada por el penetrante olor a gasolina que inundaba el comedor.
Los grilletes herían los tobillos del señor Agudelo, y
estaba cansado de sostener la sonrisa que Pablo les obligaba a fingir, pero
cada vez que alguno de su familia se salía un poco del improvisado guion, Pablo
mandaba la mano inconscientemente al mechero que tenía en su regazo, eso era
suficiente para volver a la pantomima pues todos lo notaban.
- Ustedes son mi tercer familia y ya saben, tres es un
número sagrado, jaja jaja, son los elegidos – Isabel no pudo contener las
lágrimas y deformó su cara en una mueca al recordar las noticias – ¿Qué pasó? – se levantó
apresurado y le acarició el cabello – ¿Tienes
miedo de lo que sigue? No tienes por qué, vamos a estar juntos, como la familia
que somos, vamos a viajar con amor – dijo mientras le dedicaba una tierna
sonrisa y le besaba la frente.
Terminó de comer, se acarició la barriga satisfecho, encendió
el mechero y lo levantó. Los padres estallaron en gritos y súplicas y los hijos
rompieron en llanto aterrorizados. El señor Agudelo le hizo mil promesas a
Pablo para que lo apagara y le ofreció, desesperado, cosas que le serían imposibles
de conseguir – No es necesario, papá, tenemos techo, comida y familia, te amo –
y dejó caer la llama en la alfombra empapada de combustible.
Jose, creo que me lo cagaste cuando me lo contaste, me parece que te quedó bien ejecutado, aunque creo que debiste haberte enfocado en o los sentimientos de la familia o en los del enfermo, así hubiera sido más impactante el final, al darles carnita a los personajes para uno apegarse.
ResponderEliminarademás:
"(...)No tienes porqué(...)" en este caso, creo que por qué, va separado